CHÉJOV EN SOLOVKI
por Leopoldo Elvira
Me senté, cerré los ojos, así, como ahora, y me puse a pensar:
los que vengan a este mundo después de nosotros, dentro de cien o doscientos años,
y para quienes estamos desbrozando el camino,
¿sentirán algo de gratitud?
“El Tío Vania”, acto primero. A. Chéjov.
La prisionera de Solovki [1]
El preso que dice ser Chéjov amanecerá muerto en la cripta de la iglesia de Sekirka, víctima en una celda de castigo del hambre o del frío, del tifus o de la brutalidad de sus guardias. Todos terminaremos igual, condenados sin juicio, destruidos por un trabajo de esclavos. Hablan de una amnistía, de la bondad de Stalin (...)
Sé que esta carta no te llegará, pero debo escribirla (…)
Hace frío en las islas. La nieve cubre las cúpulas del monasterio, transformado en vergonzoso campo de prisioneros, y se amontona en sus gruesas murallas de piedra. Las orillas de la laguna se congelan, cuajándose en una espuma de hielo batido y algas (…)
Acude a mi memoria un invierno, dos años atrás. ¿No fue entonces cuando recorrimos San Petersburgo deslizándonos sobre el hielo brillante de sus canales en un trineo tirado por caballos negros? ¿Es esta imagen mero capricho de mi fantasía? Cierro los ojos y no veo más que interminables montañas de turba. El invierno de 1924, tan lejano, imposible de sostener en el recuerdo sin un estremecimiento de dolor. ¿Cómo estás tú, cómo te tratan? (...)
En el verano de ese mismo año, en este campo matadero, un grupo de presos representó El tío Vania. Me parece increíble, una obra de Chéjov, en este sitio inmundo... El hombre que agoniza en las mazmorras de Sekirka interpretó a uno de los personajes. Desde entonces, dicen, fue perdiendo la cordura, de forma insidiosa, una lenta gangrena de la razón, como sorbida por las nubes de mosquitos que infectan las lagunas. Aseguraba haber encontrado un manuscrito del escritor en la hendidura de un tronco seco y lo recitaba por la noche, en los barracones.
Cuando llegué a Solovki, (desfilando aturdida por el muelle de madera, -aun oigo sus crujidos-, temblando tras una noche de incertidumbre y miedo, mareada por la travesía del Mar Blanco), recién deportada a este perdido archipiélago, el hombre de Sekirka deambulaba absorto, iluminado, profetizando una invasión de bárbaros venidos de más allá del mar, que arrasarían las islas, reduciéndolas a humo y cenizas.
Lleva encerrado en la cripta varios días, por “agitador”. Lo empujaban colina arriba y él gritaba: soy Antón Chéjov, he venido a Sahalín -¿recuerdas el antiguo campo de prisioneros zarista?- para dar testimonio de las condiciones en las que viven y trabajan los reclusos; represento al hombre libre, a la ciencia... En su delirio, identidad, lugares y fechas se confunden. Abandonaba el trabajo y paseaba como sonámbulo, abrazando a quien se cruzara en su camino, descalzo y vestido con harapos… Quizás ya esté muerto, enterrado en una zanja... ¿Qué diferencia hay, mi lejano amor, entre el Sahalín que visitó Chéjov hace más de treinta años y este Solovki de los soviets? ¿Qué diferencia entre los carceleros del zar y los esbirros del camarada Frenkel? Frenkel y su apestoso olor a cuero engrasado (…)
El director de El Tío Vania.[2]
Si, recuerdo Solovki. El frío. Y a ese tipo, Arnold Karr, el que se creía Chéjov. Un rostro duro. El pelo rapado, enjuto, ojos claros, una extraña mirada de visionario. He recogido por escrito mis memorias de Solovki, ¿desea verlas? (…)
En 1924 representamos El tío Vania. Es cierto, una obra de teatro en un campo de trabajos forzados. Yo tenía 21 años, era actor aficionado en una compañía de Moscú. Al principio, los primeros años, el campo fue más permisivo. Me acusaron de ser eserista de derechas. Deportación. Teníamos una pequeña imprenta, que compartíamos con anarquistas y socialdemócratas. ¿Un vaso de té…? Y un jardín junto al kremlin del monasterio (…)
Ese hombre, Arnold, hizo de Astrov, el médico. Los nombres se parecen: Antón, Astrov, Arnold. Lo interpretó con una vehemencia extraordinaria. Quizás fue trastornado por su personaje. Si me permite, le recordaré algunas líneas del texto de Astrov, las tengo subrayadas, permítame: “… esta vida rutinaria, esta vida deleznable nos ha absorbido, ha emponzoñado nuestra sangre”. ¿Qué le parece…? Un personaje torturado, un idealista nihilista, si me permite decirlo, “…la propia vida es de por si aburrida, estúpida, sucia, le embrutece a uno”. Arnold no lo soportó. Yo hice el papel de Serebriakov. Si lo desea puedo leerle unas frases...
Naftalí Frenkel. Director del SLON de Solovki. (Diario, sin fecha)[3]
Desde la privilegiada atalaya del campanario de Sekirka, emplazado sobre una colina al norte de la isla de Solovki, observo la extensión del archipiélago, entre la penumbra congelada del Mar Blanco. Bajo mis pies, en los sótanos, la celda correctiva, donde ahora purga sus culpas un perturbado que anda gritando soflamas de insurrección, un imbécil. A lo lejos se dibuja borroso el perfil del monasterio y sus recios muros, donde instalamos el mayor campo de destino especial del norte: Solovki.
El primer campo correccional de la Dirección Política Estatal Unificada, en cuya organización he colaborado con mi humilde y tenaz esfuerzo. Erigido por la inquebrantable voluntad del Politburó soviético.
Los bosques que van cediendo al empuje de las hachas, los fragantes aserraderos, la imponente central eléctrica, los depósitos de turba: herramientas todas en manos de los trabajadores, produciendo sin descanso riqueza para la nación rusa. Una espléndida maquinaria, rentable, eficiente y justa.
A lo lejos, casi invisibles, el resto de las islas: Bolshaya, donde criamos zorras plateadas del ártico; Ander, lugar de reclusión de los menos capaces, de las mujeres con hijos y los monjes traidores...
Diez mil hombres y mujeres en un riguroso proceso de corrección política a través del trabajo. Tanto trabajas, tanto comes: inmejorable estímulo para aumentar el rendimiento, vencer la pereza y ablandar la rebeldía.
Y para los insurrectos, los antisoviéticos, los idiotas, para ellos, las celdas de Sekirka...
Arnold Karr, el agitador.[4]
El abajo firmante, instructor Lev Kirikov, da fe de que el contenido de este documento recoge de forma literal las palabras del prisionero Arnold Karr, elemento antirrevolucionario sometido a reeducación en el campo de trabajo correccional de Solovki, durante los interrogatorios llevados a cabo en la celda de Sekirka.
El archipiélago será arrasado, triturado hasta las cenizas por los hombres blancos del norte, la cárcel será entonces el mundo entero, el hambre sus muros y seremos hermanos de sangre… Dios es misericordioso y no he perdido aun la cabeza, pero tengo los sentidos embotados… He venido hasta Sahalín para tomar cumplida nota de vuestro sufrimiento y hacerlo saber a todos… Solo Dios conoce cual es nuestra auténtica vocación... Los bosques rusos gimen bajo el hacha, los árboles perecen a millones. Se borrará de la faz de la tierra este monasterio infernal, arderán en una pira gigantesca los barracones, los carceleros, los monjes, los presos, la fiebre y el hielo… y de esta iglesia que sangra en lo alto de una colina congelada no quedará rastro… soy médico, un científico, he llegado a la isla de Sahalín en este año de 1890 con un firme propósito, denunciar la salvaje crueldad del zarismo con los delincuentes comunes y los presos políticos… ¡cuánta gente buena hay en Rusia!… esta vida deleznable nos ha absorbido, ha emponzoñado nuestra sangre… los ríos pierden caudal, se destruyen los paisajes… prostitutas de doce años, castigos corporales… los hombres blancos y sus espadas de hielo… la estepa siberiana ardiendo en silencio, bajo la nieve… no hay amnistía para los fantasmas…”
Un documento. Prisioneros transferidos.[5]
Campo de destino especial del norte.
Solovki. 12 de Octubre 1928
Relación provisional de trabajadores que serán transferidos a las obras en curso del Canal del Mar Blanco:
Dmitri Bikov
Oleg Akunin
Anderi Volos
Pavel Peperstein
Guergoy Chjartishvili
Arnold Karr
Serguei Popov
Mijail Aizenberger
…
(La lista incluye otros 136 nombres más, que omitimos por razones de espacio)
Otros prisioneros[6]
Olag Volima, escritor, recluido en 1924, superviviente:
Nunca pude soportar a Frenkel. Su sola cercanía me provocaba nauseas. El olor a cuero curtido de su chaqueta, sus botas brillantes de grasa, la gorra, el bigote pulcro y encerado, sus ademanes de maquinista, los ojos muertos como ostras cocidas, su memoria matemática con la que parecía registrar cada viruta de madera, cada pedazo de carbón, a cada hombre y cada mujer del campo. Peor aun que los chinches que por las noches te mordían la piel, que los sermones de aquel infeliz, que la fiebre, que la crueldad arbitraría de los guardias, que el cansancio y el frío y la nieve, que la incertidumbre sobre la propia vida, peor que todo era la presencia de Naftalí Frenkel, el maldito contrabandista que llegó a ser capataz de Solovki...
Petrov Volovich, deportado a los campos de trabajo del Canal del Mar Blanco en 1927, superviviente:
Lo conocí en las zanjas heladas del gran canal. Se aferraba a sus creencias como los dedos se pegan a un trozo de acero congelado. Sabes que despegarlos será doloroso, que te arrancaras la piel de las manos. Y no los mueves. Escondido siempre en su costroso caparazón.
Dormíamos apilados en las obras del canal, dentro de los surcos, en las cunetas, como animales cobijados al calor de los cuerpos, confundidos en una masa doliente, apestando como bestias, agonizando de frío. Sobre los ásperos sonidos de la respiración, los quejidos y el crujido de los huesos, escucho en sueños la voz susurrante de ese hombre que decía venir de Sahalín y ser escritor, que prometía un Apocalipsis que nos haría hermanos en la muerte, un prisionero del que nunca supe su nombre y del que no quedará nada, ni memoria ni olvido...
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[1] Correspondencia interceptada a Valentina Orlova, trabajadora 2337 del SLON de Solovki (fragmentos). Noviembre de 1926. Archivos de la KGB.
[2] Extractos de una entrevista realizada por la BBC para el reportaje “El GULAG soviético” al superviviente de Solovki Alexandr Petlosy. Mayo de 1984.
[3] Memorias de Naftalí Frenkel (extractos). Publicado por Ostieva Press bajo el título “Frenkel. Historia de la voluntad: de preso a director de un campo de trabajo”, en 1991 (probablemente memorias apócrifas).
[4] Extractos del registro de los interrogatorios que tuvieron lugar durante el mes de noviembre de 1926 en las celdas de castigo del SLON de Solovki.
[5] De los archivos de la KGB.
[6] Extractos de entrevistas realizadas por la BBC para el reportaje “El GULAG soviético”. Mayo de 1984
QUITAPELLEJOS
por Ángel Inoriza
Redacción costumbrista encontrada bajo los escombros de una escuela republicana tras los efectos de un bombardeo nacional en el invierno de 1938. Autor anónimo fallecido bajo fuego enemigo. Transcrito del cuaderno original que se conserva en Madrid en el Museo de la Guerra.
A las cinco en punto aparecen por el marjal. Los aviones llevan su carga de
guerra para los buques fondeados en el puerto. Sueltan sus bombas y se van. Desde el fuerte de Galeras, los antiaéreos responden con fuego de metralla. Ta, ta, ta, taaaa.
Me llamo Iñaki y vivo en la calle San Fernando, junto al Molinete, donde reciben las mujeres de mala vida, justo encima de Ultramarinos Salvador Mateo. Los niños del barrio nos apodan los franchutis, porque dicen que hablamos con acento extranjero.
El Viejo (*) nació en el Norte y trabajó en la mina desde los siete años. Recogía los pedazos de mineral que caían de las vagonetas cuando los mineros las arrastraban desde las entrañas de la tierra. Ahora es maestro de forja. El ingeniero jefe lo trajo consigo en el traslado. Las emigraciones son duras y pasan factura, dice El Viejo.
Recuerdo las tardes en el Norte. La Vieja preparaba la merienda. Pan con chocolate y leche fresca. Todos los días la traían recién ordeñada desde el caserío de Urruti. Cómo me gustaba repelar la nata sobrante de la primera hervida con un poco de azúcar. Tampoco olvido a María de la O, la palmeta de madera con la que Don Indalecio nos atizaba si no le dábamos bien la lección. La letra con sangre entra, decía. Y zas. Cinco, diez, quince palmetazos. María de la O estaba rajada por su mitad de tanto uso. Y cuando Don Indalecio aplicaba el reglamento, la raja hacía presa en la carne con un pellizco aumentando el dolor. Yo aguantaba el castigo sin llorar. Jamás corría a refugiarme en las faldas de La Vieja.
A mí no me gustan los refugios. Huelen húmedo y pican. Dicen que allí hacen su agosto los piojos. Yo no quiero que me rapen la cabeza como a mi hermano el pequeño. Empezó con la rasquija y La Vieja le peló al cero. Ahora parece una bombilla. En casa le llamamos Pelón. El mayor y yo vamos siempre juntos. La Vieja dice que corramos al refugio en cuanto suenen las sirenas. Pero yo prefiero ir al marjal a contar aviones. Acuden en formación. Cuando terminan la batida regresan por el paseo de los Mancos. Entonces cuento las bajas. Ya sé sumar y restar.
Hay quien quiere cerrar la escuela. Por lo de la guerra, dicen. Aunque yo, si no fuera por el hambre que se pasa, no lo veo para tanto. Yo me divierto mucho en al guerra. Soy rojo y comunista y me cago en los fachas de mierda. Mi Vieja dice que los niños no hablan de política pero no se puede doblegar la voluntad de los pueblos, como dice Nicario Zabala, el vecino del quinto.
Por las tardes echo una mano en la taberna del Pedrugón y me gano una peseta diaria. Entrego el sueldo en casa, ya soy un hombre. Por eso La Vieja me da una perra chica para rogalicia aunque yo prefiero fumar Liberal. Me trago el humo a pecho. Al principio tosía un poco pero ya me he acostumbrado. Mi hermano Fernando ayuda en casa Mateo, barre la tienda y despacha cuando don Salvador tiene que salir a algún recado. Se han hecho muy amigos y dice que, de mayor, quiere ser tendero. En la fábrica de mi padre hay mucho trajín. El ingeniero jefe se ha marchado por ideales. Desde entonces El Viejo no está bien mirado. Las envidias de la gente. Cuando sea mayor seré marino que es lo que da dinero. Viajaré por todo el mundo y tendré muchas novias. El Viejo dice que para eso hay que estudiar mucho. Pronto entraré de aprendiz en el Consejo. El Viejo me ha enseñado un letrero que hay en la puerta: Trabajo, maravillosa palabra que sintetiza el progreso del hombre, en tiempos antiguos significaba esclavitud, en los modernos, libertad. Me la tengo que saber de memoria, para que vaya aprendiendo, dice.
Con los niños del Molinete hacemos peleas a piedras. Sus madres se van con los marineros, por eso son hijos de puta. Se enfadan mucho cuando se lo gritamos y entonces empiezan las pedradas. El otro día le di a uno en un ojo y salió llorando. Seguro que era marica, el pobre. Un día capturamos a uno de su pandilla y los mayores le hicieron un gazpacho. Le metieron dentro de los calzones, paja, barro, mierda de perro y ortigas. Lo mandamos con su madre. ¡Cómo se rascaba! A mí aún no me han cogido pero si ocurriera no pienso llorar. Los rojos somos hombres de pelo en pecho. A veces, juntamos los orines en una lata. La ponemos inclinada sobre la puerta, llamamos al timbre y salimos corriendo. Desde nuestro escondite, nos reímos por dentro cuando abren y los meados se cuelan dentro de la casa. En la guerra no se pasa tan mal. Aunque La Vieja dice, puta miseria, y luego suspira. La desahoga, dice.
En casa no hay mucho que comer. Yo voy a robar naranjas siempre que puedo. Cuando hay bombardeo es más fácil. Cuento aviones mientras me como los gajos. Donde el tío Pencho birlo habas tiernas. El tío Pencho tiene una escopeta de sal. Y cómo se las gasta. Todavía me acuerdo del tiro que llevo en la espalda, lo que escocía. Se me saltaron las lágrimas pero no lloré. Las cáscaras de la naranja las guardo para cuando no hay otra cosa. Se te hinchan un poco los belfos pero te quitan el hambre para un rato. Los Viejos están muy preocupados y discuten mucho. Yo le digo a La Vieja que no se apure, que si la guerra dura mucho me hago marino y le mandaré queso de Holanda y carne argentina. Ella sonríe y me acaricia la frente. A mí me parece muy guapa cuando quita la cara de enfado, y cuando se ríe.
La otra tarde, La Vieja regañó con hermano y conmigo. Casi me saca la cabeza del cuerpo a empellones. No me salía la voz del cuerpo con el resuello. Luego se arrepintió y nos besó llorando. Nos abrazó a los dos y nos dijo lo mucho que nos quería. A mí se me hace que no fue para tanto. Resulta que se le acabó el carbón y nos mandó comprarlo a la carbonería de la Tía Tomasa. Las colas llegaban hasta el cuartel de artillería. Oímos a una señora decir que en Quitapellejos había carbón de sobra sin tantas colas.
Nada más entrar en Quitapellejos, de repente, las sirenas anunciaron aviones enemigos. No conocíamos el pueblo, ni dónde estaba el refugio. La gente corría en todas direcciones. Cada uno ocupado en resolver sus asuntos. La madre a por el bebé que dejó dormido en la cuna; el otro en cerrar el puesto de fruta; aquel en avisar al abuelo que era sordo. No sabíamos dónde acudir. Vimos un militar retirado que, con muletas y arrastrando una pierna, se apresuraba por una calleja. Le preguntamos si nos podía indicar el refugio. Seguidme, contestó. Dos calles más abajo, que se hicieron eternas, atravesamos un campo de fresas. Si no estuviéramos en éstas ya me hubiera gustado probarlas. El estómago me dio un pellizco. Al ruido de los aviones se añadió el de las sirenas. En el horizonte, entre las dos colinas que abrazaban al pueblo, atisbé el escuadrón, dos columnas de cazabombardeos. Cuando atravesamos el campo de fresas, al pie de una pequeña colina, vimos la boca del refugio. Echamos a correr dando las gracias pero dejando atrás al viejo militar, que se las componía para no enterrar en la tierra las muletas de palo. Los aviones se acercaban más y más. La boca del refugio era un embudo de gente que corría hacia él. El militar seguía rezagado. La primera formación de aviones lanzó una ráfaga de metralla que zumbó tras nuestros oídos. Ya casi estábamos llegando. Suerte que la metralla ni nos rozó. Miré hacia atrás buscando al militar que salía entonces del cultivo de fresas. En ese momento el segundo escuadrón volaba por encima de nuestras cabezas. Soltaron dos bombas. No me hizo falta mirar hacia el cielo. El silbido del proyectil al rozar con el aire era para mí tan familiar como el chasquido de los dedos. Miré a mi hermano mientras seguía corriendo. A punto estábamos de alcanzar la entrada del refugio donde nos encontraríamos a salvo. Justo a un salto de la puerta se sintió la explosión a nuestras espaldas. La onda expansiva nos empujó hacia adentro, cayendo en el regazo de una señora de carnes fofas que amortiguó el golpe. Pasó casi una hora hasta que terminó el fuego enemigo y dejaron de oírse las sirenas. Fuimos los primeros en salir. Justo en la puerta, la cabeza del militar yacía separada del cuerpo. No olvidaré la expresión de su cara. Los ojos saltones, como sorprendidos y la lengua fuera de la boca, algo torcida y manchada de tierra. Parecía que preguntaba: ¿porqué no me habéis esperado? Varios cadáveres estaban esparcidos a distancia. Mutilados algunos, reventados los otros.
Corrí asustado hasta mi casa sin pensar. Cuando doblé la esquina del Molinete, un carro estaba parado en la calle con medio caballo sujeto a su arnés. El otro medio, asomado a la balconada del primer piso. Subí las escaleras de dos en dos y de cuatro en cuatro. Cuando entré en casa resoplaba sin poder hablar. Mi madre gritaba: ¿dónde está tu hermano, dónde está tu hermano? No me salía la voz del cuerpo. La Vieja, cada vez más nerviosa, me zarandeó por la camisa, nunca había visto a la Vieja así. ¿Dónde está tu hermano, dónde está tu hermano?, repetía angustiada. Yo seguía sin poder articular palabra, recuperándome de la carrera y la emoción. Por fin, llegó mi hermano que corría detrás de mí sin lograr darme alcance. Entonces, la Vieja nos estrujó contra su pecho y dijo que no ganaba para disgustos, luego lloró, nos besó muchas veces y se reía nerviosa como una loca. Cuando estábamos más tranquilos empezaron los picores. La Vieja preparó un balde con agua para hervir la ropa. Los piojos nadaban en el agua. Nos lavó todo el cuerpo y de cuando en cuando nos besaba y abrazaba a pesar de estar enjabonados.
Lo de contar aviones ya no me interesa. Ya solo paso por el marjal cuando espío a los novios en el paseo de los Mancos. Si la guerra dura mucho tendré que hacerme marino que es lo que da dinero, viajaré por todo el mundo y compraré carne argentina y queso de Holanda.
FIN
(*) El Viejo/a: manera al uso de dirigirse a los padres en señal de cariño y respeto.
ALQUIMIA DE UNA POSIBILIDAD
por María López
“ Miro a través de los sucios cristales. Regueros de agua dulce, salitre y polvo caen y lagrimean, se estancan entre los vidrios de arena mojada. El agua impacta sobre los adoquines de la calzada y salpica las botas que calza un muchacho de tu edad; viste un grueso mandil verde oscuro y azul marino, y baja tranquilo la Cuesta de las Covachas en dirección al Mercado de Abastos.
Con súbita inspiración me levanto tambaleante de la mesa y empujo la carcomida portezuela de la taberna. La lluvia se cuela entre las raídas hendiduras de mi cazadora de pana, empapándome de pérdida o ausencia. Ojalá tuviera una certeza que me despojara de esta sinrazón que oprime y aguijonea mi ánimo. Una convulsión de desconsuelo o esperanza que aparte este velo que empaña mi mente de denso vaho. Tregua para el alma, sosiego para el espíritu.
Allá arriba, un agujero entre gris y blanquecino va desgarrando lento los negros nubarrones, hasta que toda la calle queda iluminada como un óleo del Greco.
Estrechas callejuelas rodean las naves bodegueras, que ocupan varias manzanas. Pavimentos impregnados de un olor agrio a manzanilla que me desagrada. Quiero irme a casa. Al llegar al Castillo de Santiago continúo por el Carril de San Diego, hasta poco antes de llegar a la Iglesia de Santa María la Mayor.
Atravieso el patio y franqueo la puerta herrumbrosa de forja. Mi casa es la típica mansión andaluza de familia bien avenida; amplia, luminosa de dos plantas. Descuido la plaga de hiedra que engulle la fachada y que oculta un azulejo de la Virgen del Carmen. Toda una vasta herencia de responsabilidades a la que dejo consumirse en espontánea simbiosis.
Con gesto cansino y derrotado me dirijo a la biblioteca, situada en la segunda planta. Me desplomo sobre la gran butaca de terciopelo rojo que parece sacada de un burdel parisino. El sol debe haber alcanzado su cénit. Un inmenso haz de luz cenicienta se difumina a través de la claraboya y los grandes ventanales, iluminando toda la estancia.
Huelo a polvo mojado, a pobre del Camino. Me desoriento en un mar de incertidumbre. Recorro con la mirada perdida una multitud de recuerdos de mis viajes, que estáticos, se dispersan sobre estanterías, alfombras… Pergaminos de piel de cabra que reposan sobre el viejo escritorio de madera de teca. Egipto, Pakistán, Camboya, Japón, Perú, Dinamarca… La lista es interminable.
Lleno mi vacío arrojándome a otros tiempos. Arena blanca y fina de una duna de Doñana, resbalando por mi espalda como por la pared de un reloj de cristal. Extensos espejos de barro que devuelven imágenes difusas blancas y rosáceas. Montañas de sal que acogen en las cercanías de sus humedales a toda suerte de aves migratorias. El Real San Fernando navegando en un hilito de agua entre dos lenguas de tierra, mientras paciente circunda el Coto. Gatos negros a la búsqueda y captura de restos de mariscos enmarañados entre las redes, nidos de antenas, pechos y patas secándose inertes al sol de la mañana en la Lonja de Bonanza. El viejo vendedor de bocas de tiburones en la Plaza del Cabildo. El mejor café del mundo en el amplio salón que la Casa de Medina Sidonia había habilitado para el público en el Palacio. Los arcos mudéjares de la fachada del Ayuntamiento. La Biblioteca Municipal, con todos aquellos libros que quién sabe, lo mismo a mi vejez acaban abigarrándose a mi mente como el barroco artesonado de madera a la techumbre del edificio.
Poco reconfortan ahora estas atropelladas divagaciones, hoy el pozo tiene fondo, y es que debo hablarte de él y no sé cómo; he intentado esbozar no sé si con éxito, una escueta presentación de mi entorno y mi persona, como quien traza líneas gruesas a carboncillo.
Por momentos los recuerdos que de tu padre tengo se diluyen y confunden, se me agolpan, pero creo vislumbrarle en medio de la amalgama de sus propias vivencias, aquellas que en ocasiones solía contarme.
Veo a Kumar Sesay alzando sus grandes ojos por encima de los hierbajos. La serpiente había regresado una vez más para envenar el alma de su pueblo. En décimas de segundo saltó como un cachorro de pantera sobre ella, asiéndole firmemente la cabeza, inmovilizándosela. Los demás niños se abalanzaron también sobre ella, la introdujeron en un gran saco de tela y la mataron a golpes.
Levantó la vista para otear el lejano horizonte, donde despuntaban los Dientes de la Leona, formaciones geológicas espontáneas que se producían al alinear imaginariamente los picos de los montes Sula y Tingi., allá en la Sierra. El pueblo mende creía que todas las desgracias nacían dentro de aquella boca felina, y que bajaban después sibilinas por las laderas ardientes.
Transcurrió de este modo la infancia de tu padre, Kumar, criándose entre plantaciones de ñama y yuca. El paso a su adolescencia le marcaría irreversiblemente, sumiéndole en una terrible pesadilla de la que si alguna vez logró salir fue por ti.
Una noche estalló la Gran Guerra, una más entre los numerosos conflictos bélicos que la siguieron, asolando el país; corrió cuarenta kilómetros de selva hasta llegar a la aldea en la que habría de refugiarse en casa de un pariente. Las balas gemían y aullaban silbando entre sus largas piernas, tratando de impedir su huída. Exhausto, cayó al fin ante la puerta del chozo del hombre que iba a acogerle.
Transcurrieron así siete largos años de su vida. Convertido en aprendiz de artesano, modelaba con arcilla máscaras religiosas para ceremonias Nga-Fa, que vendía a un señor dedicado al negocio de la exportación. Más tarde descubriría que aquellas máscaras no abandonaban el país hasta haber sido rellenadas convenientemente de pequeños diamantes.
Decidió emigrar. Un primo segundo suyo era patrón de un pequeño carguero, y se comprometió a sacarlo de allí. Se dirigía a Sevilla con un cargamento de fruta y algunas antigüedades para un buen cliente gaditano. Tu padre tenía que abandonar el barco antes del comienzo del estuario del río Guadalquivir. Su contacto, un tal Moussak Yetley , le había indicado como destino Sanlúcar de Barrameda, comunicándole así mismo que desembarcase al anochecer en frente de la costa de la Jara, a la altura de un barco que quedó varado allí y se hallaba partido a la mitad. Una vez localizado el punto, saltó sin más por la borda y nadó hasta la orilla. Moussak aguardaba en la playa. Un marroquí bajito que le miraba con desconfianza. Sin intercambiar palabra alguna, le llevó a una ruinosa casita del antiguo barrio de pescadores, en la que hubo de convivir con tres hombres más.
Cuando conocí a tu padre pesaban ya cinco años a sus espaldas trabajando a destajo; como ayudante de un argelino propietario de un puesto de baratijas en Bajo de Guía, como recolector de tomates en un invernadero, faenando en un pesquero junto al sobrino de un viejo amigo mío de la calle…
A menudo me hablaba de tu madre, piel de ébano, grandes ojos, iris chocolate sobre fondo de luna llena. Me contó que el origen de tu nombre yacía en tu hermoso cabello de color azabache. Gustaba de componeros canciones. Luego se reía de sí mismo, mostrando su irregular dentadura picassiana, y me decía que menos mal que no habías salido a él, con ese pelo estropajoso y descolorido y esos ojos amarillentos del color de la vainilla.
Sólo supe de vosotras que no habías podido marcharos con él, y que partisteis a Túnez a servir a casa de una gran familia. Dada la buena posición de tu madre como ama de cría en aquel núcleo familiar, recibías tú a cambio una buena educación junto a las dos hijas mayores del matrimonio, mientras tu madre amamantaba al más pequeño que nació débil y enfermizo.
Otro día, con gruesas lágrimas como la sal inundándole los ojos, me anució que tu madre había fallecido, quedando tú sola en la casa. La familia te había permitido permanecer allí sirviendo como criada, al menos hasta que alcanzases la mayoría de edad o encontrases un marido.
Tu padre guardaba vuestra dirección como un tesoro en su cartera, bajo la chilaba; me rogó por la gran amistad que nos unía que si algún día le ocurriese algo, me pusiera de inmediato en contacto contigo.
Mi querida Leilah. No tengo palabras. La última vez que ví a tu padre nos encontramos al atardecer cerca del Kiosco del Cubano, y me dijo que se marchaba a casa temprano, pues al día siguiente tenía que madrugar mucho.
Tres años de amistad siguieron a un vasto silencio. Ocho meses anduve empeñado en su búsqueda sin obtener resultado alguno. A menudo me lo imagino paseando de noche por la playa, como solía hacer cuando bajaba la marea y la arena fangosa le succionaba los pies hasta los tobillos, recordándole mucho a las costas de su tierra natal, a la que tanto añoraba.
Me despido no sin antes expresarte mis más sinceras condolencias, y mi más profundo malestar por no poder decirte más nada de él, de nuevo me ahoga la incertidumbre. Te ofrezco no obstante con toda honestidad cualquier tipo de ayuda que pudieras precisar, comprometiéndome así mismo a completar tu interrumpida educación si fuera ese tu deseo. Te adjunto mi dirección al dorso del sobre. Espero que mi ya oxidado francés no te haya creado muchas dificultades de traducción.
Con cariño,
Teodoro López de Villalón “
Unas manos teñidas cuidadosamente de henna doblaron despacito la larga misiva ocultándola bajo un colchón, tras recoger del suelo aquellos papeles que cayeron lánguidos al suelo, mecidos por una brisa cálida que se coló entre las persianas.
Se envolvió con el pañuelo de su madre y dejó que los últimos rayos de sol se deslizaran por sus mejillas. La desolación había inundado del todo el diminuto espacio en que hasta ahora había albergado un poco de esperanza.
Con inmensa rabia contenida acudió al llamamiento de una anciana; provenía del piso superior. Subió con paso quedo por la estrecha escalera impregnada de especias y odio. Ni siquiera podía apoyarse en la barandilla. Su brazo derecho estaba tan amoratado que cualquier simple fricción sobre el mismo le dolía. Las frágiles articulaciones de su muñeca crujían.
Sirvió el té a la anciana y le volvió la espalda. Su mirada llena de resentimiento se posó con avidez sobre el pomo de la puerta. Tras esperar unos segundos, volvió al cuarto de servicio. Releyó una vez más la carta. Sacó su vieja maleta de cartón e introdujo sus escasas pertenencias. Aquella misma noche partiría a Marrakech a casa de su tía, sus ahorros no le daban para más. Desde allí escribiría a tan generoso caballero poniéndole al corriente de su situación, y aguardaría una respuesta. Una posibilidad entre un millón que no podía rechazar estando al borde de la nada.
TEMPUS FUGIT
por Agustín Lozano
La ciudad se despereza, adormilada, deshaciéndose del sueño diario con la lentitud de los árboles. Dos dígitos iguales sobrepasan a otros y marcan la hora en punto, suena la alarma. Son las siete de la mañana, o quizá sean las ocho, tal vez las nueve para los más desahogados. La radio se pone en marcha con el noticiario matutino, los televisores dejan ver en sus pantallas la anacrónica esfera de un reloj. Arsenio Wallace se dirige al baño con pasos vacilantes. Cada mañana, sus primeros ciento ochenta segundos son los únicos en los que su precioso tiempo se deja influir por la ausencia temporal del sueño, de la que se desprende como lo haría de una telaraña pulposa: a tirones, hasta no dejar rastro. Todo lo demás en él está profusamente cronometrado. Diez minutos de acicalamiento y fugaz desayuno, otros tantos para subir al autobús. Entre treinta o cuarenta de trayecto, depende de la densidad del tráfico. Jornada de ocho horas, más una de almuerzo, son por tanto nueve. La suma de realizar el viaje de vuelta en transporte público y llegar caminando a su vivienda apenas supera los cuarenta y cinco minutos. Entonces Arsenio, en lugar de abandonar la cuenta del tiempo hasta el día siguiente, como haría cualquier empleado en sus cabales, permanece alerta, despierto, y mantiene sus horas de asueto parceladas en espacios de tiempo fijos: cincuenta minutos (ni uno más, ni uno menos) para preparar la cena y dar cuenta de ella, cuarenta (aun alguno más, aquí se permite cierta flexibilidad) para higiene personal, ducha y afeitado. Dos horas más de ocio, a menudo audiovisual, en menor medida lectivo, muy raramente para salir de nuevo a la calle. Cuando el largometraje o la serie o el show sobrepasan el límite, recurre a su grabación, que llenará parte de los ciento veinte minutos del día siguiente, o quedará aplazada para el fin de semana, cuya longitud resulta siempre difícil de completar con disciplina. Arsenio Wallace, debido a su particular obsesión por medir los tiempos, será el primero en notar el cambio.
El día siguiente no es un día más porque, sin precedentes desde que adquiriera la plaza de numerario, Arsenio llega tarde a la oficina. Pese a respetar escrupulosamente sus tiempos, y comprobarlo cada cinco minutos en el reloj portátil (modelo cronosfera, de gran precisión) no alcanza el autobús previsto. Nervioso ante las posibles represalias, pone especial empeño en pasar aún más desapercibido en el trabajo y, para su sorpresa, la jornada laboral le resulta extrañamente corta. Las imputaciones de segmentos temporales asignadas a cada tarea no llegan a acumular las ocho horas reglamentarias, sino apenas siete. Así lo refleja el computador monitorizado de Arsenio Wallace, y lo mismo sucede a su alrededor, en todos y cada uno de los habitáculos de la planta. A la salida, un enjambre de obreros se agolpa en el perímetro de seguridad. Arsenio se dirige, pasando con apuros entre el gentío, hacia una amiga, antigua compañera de planta, a la que no ha visto desde su traslado, dos años atrás. Tras excusarse ambos en la incompatibilidad horaria para explicar su falta de contacto, ella le pone al corriente de la situación: nadie puede salir del edificio porque el ordenador central asegura que sólo han trabajado siete horas, frente a la evidencia de sus relojes y de la oscuridad crepuscular que llega desde el exterior. En el que, sin sospecharlo en modo alguno, se convertirá en su último día de trabajo, los empleados del Ministerio no tienen otra opción que realizar una hora extra antes de regresar a sus hogares (si bien, gracias al intervalo perdido en el área restringida, algunos de ellos no sobrepasaron los cincuenta y cinco minutos).
Durante el trayecto de vuelta, Arsenio se dedica a comprobar constantemente si su cronosfera de última generación, adaptable a ambas muñecas, se encuentra sincronizada con cuantos relojes alcanzan sus ojos. Así es. Hecho constatado que, lejos de contribuir a recuperar su extraviada tranquilidad, no hace más que disponerle a realizar una última prueba. Sospecha que no podrá conciliar el sueño a menos que logre certificar que todo es producto de un error del ordenador central, y que el resto de extrañas incidencias del día son casualidades sin mayor importancia. En medio de una crispación y ansiedad crecientes, Arsenio realiza las tareas establecidas (cocinar y comer maquinalmente, ducha rápida) con la escamosa sensación de que el tiempo se escapa como arena entre los dedos, para ir a parar a una playa vacía, vacía incluso de olas con las que aproximar su transcurso. Llegado el momento de descansar frente a la televisión y en lugar de ponerla en marcha, Arsenio cuenta mentalmente los segundos que conforman un minuto. Es una práctica que realiza con frecuencia, para matar el tiempo, y con suma exactitud. Salvo entonces. Cuando mira el cronómetro de su potente reloj de última generación, colocado sobre la mesa, ya han pasado sesenta y seis segundos. Coge aire y repite la operación, esta vez cerrando los ojos para asegurar máxima concentración. Ahora marca sesenta y ocho segundos, casi sesenta y nueve, pero en cualquier caso no menos de los sesenta y seis de la cuenta anterior.
Arsenio Wallace teme por su vida. No sabe qué hacer fuera de la rutina y augura un próximo día de trabajo por completo caótico si el tiempo, como parece, le da la razón. Enciende el televisor para procurarse una distracción que adivina imposible. El noticiario nocturno, ampliado fuera del horario habitual, sólo difunde catástrofes: accidentes de aviación en diversas partes del mundo, el sistema financiero de un país meridional colapsado, aumenta la tasa nacional de muertes por enfermedades crónicas, abortos imprevistos y recién nacidos con malformaciones en los hospitales de la ciudad. Así durante incontables minutos de desgracias hasta que el boletín se interrumpe con una noticia de última hora: la unidad móvil del informativo envía imágenes en directo de una revuelta en los barrios marginales de la periferia. La rebelión ha comenzado de forma espontánea, relata el cronista, cientos de jóvenes radicales destrozan con furia criminal soportes publicitarios y arrojan piedras contra iglesias y edificios administrativos. El reportero olvida un detalle que no escapa a los asombrados ojos de Arsenio: los insurgentes, que no son sólo jóvenes sino de distinta edad y condición, arremeten específicamente contra vallas y fachadas que contienen algún tipo de reloj en ellas, y dirigen con irregular puntería sus lanzamientos hacia las iluminadas esferas, ya sean éstas circulares con dos viejas flechas, en rectángulo fluorescente digital o en representación diferida de otro reloj ausente; hasta eliminarlas una a una.
Arsenio agarra de un empellón su cronosfera (un acto reflejo) y baja a la calle, donde varios grupos, en menor número que en los suburbios, imitan ya a los asaltantes televisados. Junto a ellos, Arsenio Wallace la emprende con el marcador municipal de hora y temperatura, patrocinado por una importante marca de electrodomésticos, la que produce en serie su reloj último modelo, hasta que no encuentra nada arrojadizo a su alcance. Entonces repara en su mano izquierda. Ha estado apretando el puño con rabia, clavándose la cronosfera de moda, adaptable a ambas muñecas, la sangre deslizándose por el brazo. Con gritos y aspavientos llama la atención del resto, y les conmina a destruir sus propios relojes de pulsera. Un vecino suyo, al que siempre consideró tan pacífico como él, se acerca y machaca también un teléfono portátil. Si Arsenio pudiera abstraerse un momento y abandonar de golpe el pulso acelerado y concentrarse lo suficiente para ejercitar su peculiar manía de contar el tiempo, constataría que su minuto mental apenas alcanza ahora los sesenta y cuatro segundos, más o menos.
LAS HEREJES Y LA SED
por José Luis Muñoz
“Acabad con todos ellos, porque Dios conoce a los suyos.”
Arnaud Amaury, legado papal en la cruzada contra los cátaros,
parafraseando una oración sálmica.
Carcasona, enero de 1210
El dominico agarraba con fuerza el brazo del cruzado francés, al que doblaba en edad. Nevaba perezosamente sobre la ciudad occitana, ya el blanco teñía los patios que les llevaban sin prisa hacia las entrañas de la fortaleza. Conversaban al caminar.
- Todos los objetivos están conseguidos, monseñor. El país cátaro pertenece por Simón de Montfort a la corona francesa, todos los herejes muertos o encarcelados, Beziérs aniquilada, Raimundo de Tolosa humillado, Carcasona sin cabeza… la cruzada ha sido un éxito – dijo Pierre Louis de Orleáns, dejándose llevar por el entusiasmo de sus pocos años.
- Efectivamente, lo que hemos conseguido es mucho más de lo previsto o incluso de lo previsible, pero queda aún mucho por hacer. Sobre todo, me queda aún mucho por hacer – El padre Domingo de Cetina, inquisidor dominico aragonés, hizo una pausa. Cruzó sus gordas manos llenas de anillos por debajo de la túnica blanca y negra para protegerse del frío y continuó, levantando las cejas al hablar – Un hereje vivo, aun encarcelado, es un peligro para la religión y la Santa Madre Iglesia. Y por tanto para el rey de Francia.
- Sin duda, sin duda. Pero, ¿dónde me lleváis?
- Quiero que veáis un ejemplo. Vuestro informe al rey Felipe debe dejar más que claro cuál es la política papal y el verdadero objetivo de la cruzada, o sea, salvar esta tierra del Languedoc del Maligno que le acecha. Ya hemos llegado.
En la puerta de madera aherrojada se encontraba un hombrón de más de dos metros de altura, ancho de espaldas, nativo del país.
- ¿Qué tenemos aquí, Roger? – dijo el inquisidor.
- Dos mujeres herejes, señor. Azalaïs de Beziérs, perfecta, y Germana de Castres, fiel cátara, esposa y madre de herejes.
- Asomaos, mi buen Pierre- dijo el dominico mientras soltaba el brazo del joven francés.
A través del ventanuco y los barrotes, el cruzado pudo ver las dos mujeres. Una de ellas, alta y delgada, entrada en años, estaba de pie mirando caer la nieve por el agujero del techo. La otra, una mujer joven y robusta, estaba echada en la húmeda y maloliente paja, con las manos en la cara y con los ojos apuntando al suelo. Ambas estaban casi desnudas, sólo un braguero cerrado con una cadena les ceñía la cintura. El frío y la poca luz mostraban sus cuerpos en azules y morados. El francés se separó de la ventana y le dijo al dominico:
- ¿Qué ha pensado para ellas? A la joven se me ocurre…
El guardián cortó la insinuación de Pierre con voz en la que se vislumbraba tanto el odio al invasor francés como el respeto a la inquisición que libraría su país de tanto hereje.
- Señor, como indicó su paternidad, el aquí presente Fray Domingo, que debía hacerse, estas herejes llevan cinco días sin comer y dos sin beber.
- ¿Y los bragueros? – preguntó el cruzado.
- Los llevan para que no puedan beber de sus fluidos corporales, ni de los suyos ni de los de la compañera.
El olor que salía por el ventanuco era irrespirable. Dentro de la celda no se oyó nada de la conversación. Una nube blanca de hambre les embotaba los sentidos. Pero mucho peor era la sed. La Sed, con mayúsculas, que era como se la imaginaba la perfecta Azalaïs, algo decepcionada con el suplicio que le tocaba en su martirio; llevaba años ayunando y soñando con la hoguera. La otra reclusa sólo pensaba en su marido, muerto en la defensa de la ciudad, y en su hijo, que sólo el Dios de los cátaros sabría localizar.
- Pocas esperanzas nos quedan, hermana perfecta – dijo Germana.
- Nunca hubo ninguna en este mundo dominado por la impureza y la bestia vaticana.
- Yo hablaba de la guerra. Mi marido, mi suegro… El propio vizconde Roger Trencavel, encerrado en estos mismos calabozos… mi hijo Raimon, que nunca llegará a adulto para defender esta tierra de esos malditos cruzados franceses…
- No pongas tus ilusiones en la guerra ni en los hombres. El guardián dijo, antes de retirarnos la comida y el agua hace no sé cuantos días, que el Trencavel ha muerto de hambre y de pena por el vizcondado perdido. Qué lástima que fuera un maldito hereje, dijo. Era todo un caballero y paladín del Languedoc, dijo. Este Roger debe ser tan patriota como tú, querida Germana. En cuanto a tu hijo… sabe Dios.
- Ojalá todavía fuera tiempo de amamantarlo. Quiero decir que tendría leche… podríamos beber…
Se callaron, asustadas. A medias por la brutalidad que había osado pronunciar Germana, a medias por que las dos lo desearon demasiado como para que no fuera pecado. Con sus labios cuarteados y tumefactos, la perfecta Azalaïs comenzó a rezar.
Cinco días después, Pierre Louis de Orleáns fue despertado de forma tan súbita que apenas tuvo tiempo para hacer salir de la habitación las dos prostitutas. Fray Domingo de Cetina solicitaba su presencia inmediata en las mazmorras. En pocos instantes se vistió y ciñó su espada, para seguir después al esbirro que lo condujo hasta la prisión. Cuando se acercaba, vio como Fray Domingo y Roger estaban asomados al ventanuco. Cuando hizo amago de preguntar que ocurría, el dominico le puso su manaza en la boca y el guardián le hizo sitio para que viera y oyera. Las dos herejes se hablaban a gritos.
- ¿Quién ha sido tu mentor espiritual, Germana, que tan mal te ha formado? Deberías saber perfectamente que este mundo no tiene sentido, que es del demonio, que Dios es puro y este mundo no lo es, que esta maldita existencia es de la bestia, no de Nuestro Señor, y que, por tanto, no vale la pena lamentarse por nada. Ni por nadie.
A pesar de la sed, Azalaïs se mantenía erguida. A Pierre de Orleáns le dio la impresión de que no se había movido desde el principio de su encierro. Germana, en cambio, se mostraba muy deteriorada, más delgada, sucia, con el pelo alborotado y la mirada perdida. Pero su voz no había perdido fuerza alguna.
- No eres madre, ese es tu problema.
- ¿Madre, dices, madre de algo impuro, algo de este mundo, madre y creadora de una carne que sólo nos hace recordar lo asqueroso que es nuestro cuerpo y olvidar la grandeza de nuestra alma? Es mejor no ser madre.
Los acontecimientos se precipitaron ante los que observaban. Vieron cómo Germana se abalanzó sobre la perfecta Azalaïs, cómo la derribaba en la paja sucia, cómo sujetó sus brazos con las manos, cómo aplicó sus dientes sobre el cuello para morder y satisfacer la sed de tantos días, la Sed. Germana pudo apreciar cómo Azalaïs agradecía, con una oración plena de orgullo, el sufrir un suplicio digno de su alma perfecta. En cambio, ella pensó: “Por mi hijo, debo vivir por mi hijo”.
Pierre de Orleáns constató como los ojos de Fray Domingo de Cetina brillaban triunfantes y crueles mientras gritaba:
- ¡Ves, querido Pierre! No tienen derecho a la vida, ni a ésta ni a la eterna, alguien capaz de hacer esto a su compañera de celda merece mil veces la muerte y todos los suplicios. Dios ha de inventar un nuevo infierno para esta gente.
Roger el guardián pensó que quizá ya lo hubiera inventado.