lunes, mayo 01, 2006

ERÓTICO

BRUSELAS
por Fco. Javier Benítez


Ella sigue a mi lado, provocándome con su desnudez, a pesar de que el incendio parece haber terminado. Me acaricia el torso y me susurra lascivamente al oído la única palabra que sabe en castellano: valiente. Mientras roza sus pezones contra los míos pienso por un instante que tal vez ha disfrutado, pero rápidamente deshecho la idea. Simplemente sabe hacer bien su trabajo; es una magnífica actriz en una obra de teatro tan antigua como el hombre. Por mi parte, me parece un signo de profesionalidad envidiable. Lo cierto es que nunca he sido un gran amante. Soy sumamente correcto y atento, pero mi pasión se acaba pronto. Y aunque en estos instantes desearía darle la réplica, portarme como se espera, en la práctica me encuentro bloqueado. De nuevo me hallo inmerso en esa confusión que suele apoderarse de mí tras el orgasmo con una desconocida. Siempre me engaño con la idea de que una piel nívea, suave y joven como la suya es más que suficiente. A menudo me digo que no hace falta que sus ojos me muestren amor o deseo, pues lo que realmente me importa es que sean de un azul rabioso para poder perderme en ellos. A veces, incluso prefiero que no sepa mi idioma, para que sólo nos quede la posibilidad de comunicarnos el cuerpo. Todo excusas para justificar algunos de mis peores defectos.

Me incorporo lentamente de la cama y camino hasta el cuarto de baño. El reflejo en el espejo del lavabo me sitúa de nuevo en el espacio y en el tiempo: durante unos minutos me había olvidado de este ligero sobrepeso, de las canas que cubren mi barba, de las muchas arrugas que recorren un rostro que sigue tan perplejo como la primera vez que se enfrentó a los misterios de la carne. Hago un recuento de las veces que se ha repetido esta situación. Ahora tengo ya la certeza de que nunca encontraré lo que he creído buscar en este tipo de encuentros.

Cuando regreso al dormitorio ella está vistiéndose. Me fijo por última vez en la caída de su melena rubia, en la delicada curva de sus pechos. Intento memorizar la imagen. Al tiempo que se acicala me regala varias palabras en francés, acompañadas de una sonrisa. Supongo que intenta recordarme que ya sé dónde está, que cuando quiera podemos repetirlo. Pura formalidad. Ella sabe que nunca volveré a la barra de ese bar, ni a esta habitación de hotel. Me despido diciéndole en mi idioma que me alegro de haber pasado este buen rato junto a ella, aunque le recuerdo que Bruselas está bien sólo para una noche. Tras este cruce de monólogos se dirige hacia la puerta y sale de mi vida para siempre.

Sentado entre las sábanas deshechas, cojo mi reloj de pulsera y lo miro. Aun quedan más de seis horas para que salga mi avión con destino a Barcelona. Estoy despabilado, así que saco de la bolsa de viaje el cuaderno beige con la intención de anotar los dos primeros versos de un nuevo poema. No utilizo palabras elevadas. Tampoco me refiero a nobles sentimientos, pues hace tiempo que dejé de engañar a mis lectores. Con sequedad y elegancia intento inmortalizar la belleza de la mujer que acaba de dejar la habitación, para que sea eternamente joven en mi recuerdo. De paso alivio esta herida que no cura y que, de hecho, empeora con el tiempo. Dulcifico una sensación de soledad y desesperanza que únicamente es poética sobre el papel, en la distancia.

PELILLOS A LA MAR
por Ángel Inoriza


Tengo un pelo muy fino y en cuanto crece lo suficiente y me cubre las orejas, se enreda, se riza y se subleva indómito contra el peine.

Pedro, mi peluquero, de Pedro´s Peluqueros, solo tiene de moderno el nombre. En realidad, es uno de esos peluqueros a la antigua usanza, de los de toda la vida. Cuenta chismes y chascarrillos a la par que claquetea las tijeras en su abrir y cerrar imparable sin perder el ritmo. Cuando acudo a su peluquería no voy solo dispuesto a cortarme los apéndices sobrantes sino a dar gusto al cuerpo y al espíritu. Cosquillas y entretenimiento por el ajustado precio de seis con cincuenta euros. Su maquina me acaricia la nuca a la vez que arrasa con la pelambre y su continuo cotorreo me distrae de los problemas de la vida, que allí, rodeado sólo de hombres y de pelusa se me antojan baladí. Diríase que en vez de a la barbería acudo a mi terapeuta. No cambiaría de barbero ni de gratis.

Pero aquella tarde de bochorno estaba realmente contrariado. El pelo me había crecido tanto que se apelmazaba a las pocas horas de la ducha diaria y por otra parte, tenía que pasar las próximas dos semanas fuera de mi ciudad. Uno de esos cursos de gestión patrocinados por mi querida empresa era el culpable. Allí, lejos de mi peluquero. Un hombre al que se podía confiar un secreto. Alguien de confianza para poner a caldo a las mujeres y sus manías cíclicas. Todo un desahogo para el alma que justo ahora echaba de menos. Un ambiente idóneo para el fútbol y las conversaciones masculinas.

Finalmente, incapaz de aguantarme a mi mismo con la cabellera, me tiré a la calle en busca de la primera peluquería a la vista. Ninguna encontré en esta ciudad desconocida y especializada en los dichosos cursos de gestión. Eran casi las ocho de la tarde cuando al doblar la esquina en un último intento vino Dios a verme. Allí la tenía, justo enfrente: Mari Loli y Gemma, peluqueras, también pelamos al corte. El letrero fluorescente dio sus últimos coletazos intermitentes y se apagó. Entré con mi cara de no haber roto un plato, la mejor de mis sonrisas y el tono más educado, que pude entonar y que había aprendido de mi padre para las situaciones difíciles. Acababan de cerrar. Tres peluqueras muy arregladas salían de la tienda con algarabía despidiéndose hasta el lunes. La que parecía ser la dueña me miró de arriba abajo con sus ojos cansados y el pelo revuelto de todo un duro día de trabajo. Siéntate, por favor, estaré contigo en un minuto, dijo soplando resignada por el trabajo extra que decidió aceptar. Despidió a sus empleadas, cerró con llave la puerta, dos vueltas y subió el volumen de la música. Gemma, así se llamaba, lucía sus treinta y muchos años con orgullo. No era de esas mujeres que se avergüenzan de la edad sino de las que confían en la experiencia. Tenía unos carnosos labios de color rojo a juego con una cinta con la que recogía su pelo. Su voz grave era como para empalagar al más dulcero. Me fijé enseguida en sus pechos. De tamaño mediano pero erguidos orgullosos detrás del percal. Todo resultó tan natural que me olvidé del fastidio que me producía serle infiel a mi peluquero de toda la vida. Un cosquilleo extraño me acariciaba el estómago. Gemma puso mi cabeza sobre el lavabo y reguló la temperatura con el grifo. Ni fría ni demasiado caliente. Ahora el champú, sus dedos circulando y el masaje cabelludo se fundieron en un festín de sensaciones que desde mi cabeza partían como haces de luz hasta cada uno de los poros de mi piel. Todos y cada uno de los poros. Luego me secó el pelo dándome pequeños tirones que, al contraste con el masaje, provocaron dolorosas y pequeñas nuevas sensaciones de placer. Por fin, me invitó a sentarme delante del espejo para empezar con el corte. Hablamos. Del invierno pasado, de los viajes, de la rapidez con la que pasan los días, del tiempo. Demasiado calor para la época del año. Nada que ver con las conversaciones que solía tener con mi peluquero de toda la vida. Sin embargo, el aire que respiraba era denso y húmedo. El olor a carne sudada, a lociones y a mujer madura cortaba el ambiente. La música, su figura reflejada en el espejo y la gravedad de su voz pusieron de su parte. Una puerta entreabierta. Dijo que entraría a buscar la loción exacta que venía bien a mi tipo de piel. Cómo se movía entre los secadores y cómo ejecutaba su performans después de comprobar en el espejo la simetría de mis patillas. Finas y rectas, muy muy rectas, decía. Yo me dejé hacer. No me creía lo que me estaba pasando. De cuando en cuando cerraba los ojos y la imaginaba desnuda y me concentraba en las sensación de las púas del peine acariciando mi cabellera. O la situaba en La Habana, paseando por la playa llevando sólo un biquini tanga con sus lunes al sol. Pasaron unos minutos y ella pronunció esa palabra que en la jerga de la peluquería indica el final: SERVIDO. Me cayó como una losa, hubiera deseado que aquellos instantes fueran eternos. Pregunté el precio del servicio a la vez que alargaba un billete de cincuenta y la miré a los ojos como pidiendo explicaciones. Aquello no podía pagarse ni con todo el oro de América. Aguantó la mirada. Yo intuía pero dudaba. Por fin lo hizo. Cogió mi billete de cincuenta, hizo un cilindro con él y me lo metió en el bolsillo de la americana diciendo: esta vez invita la casa, hasta la próxima. Y la próxima parecía que estaba allí mismo, delante de mis narices. Ahora estaba claro, había que ser muy necio para no pillar una insinuación así. Pero estábamos solos, la música, su cara cansada y mi necedad. Sobre todo mi necedad. Sólo un necio se despediría ahora con un simple adiós. Di las gracias andando hacia la puerta de salida con la lentitud del que camina al patíbulo. No, no, no quería irme. Qué hacer, qué decir, ahora me tocaba mover ficha a mí. Maldita inseguridad, condenada vergüenza. Gemma giró la llave para abrir la puerta con parsimonia, una vuelta, cris cras, otra vuelta cris cras y justo cuando aplicaba la presión sobre el pomo para abrirla, así con fuerza su mano para impedirlo. Ella cogió el mensaje y volvió a girar la llave en su sentido contrario. Otras dos vueltas. Cris cras, dos veces. Entre sus ojos y los míos, que ahora si se miraban, saltaban chispas de aceite hirviendo. Nadie se movía. Quietos los dos. Sin más, excitado como un bobo, la besé enervado por su tenue olor a sudor. Puse mis manos sobre sus pechos lo que provocó en sus pezones una estampida. Luego se agachó un poco y sin mediar palabra se quitó las bragas de toda la tarde. Blancas con encajes de rombos azules y rojos. Y las depositó suavemente sobre mi hombro. Una brisa de mar. Las hubiera dejado allí toda la vida. La abracé por detrás y besé su cuello, jadeé algo gutural en su oído y sentí cómo se estremecía de placer. Pasé mi mano por debajo de la falda y al llegar a su bosque encantado comenzó a llover. El olor a tierra mojada atravesó las rendijas de la puerta. Un concierto voluptuoso de aromas. La presión de los jeans ajustados sobre mi sexo acabaría en prematuro desastre si no ponía pronto remedio. Pensé en la muerte. No sirvió de nada. Estaba menos muerto que siete anguilas recién sacadas del agua. Y bebí, bebí, bebí hasta quedar harto de agua y de sal. Gemma se incorporó con una sonrisa satisfecha justo cuando terminé de beber. Por sus ojos pícaros supe que ella aún necesitaba más agua. Me cogió la mano y se la llevó a los labios besándomela en el centro mismo de la palma. Sacó su lengua un poco hasta tocarme con la punta, luego succionó con suavidad. Repitió esto tres veces como siguiendo los ditámenes de un ritual. Ahora me llevó a la pila bautismal, donde minutos antes me enjabonó la cabeza y enredó mis pensamientos con sus dedos. Tomó mi miembro con la misma delicadeza con la que su profesionalidad enjugó mis cabellos y lo roció con agua tibia limpiándolo con una loción que guardaba bajo llave. Luego lo ungió con afeites como si de un santo se tratara y lo cubrió de besos muy sentidos. Para entonces yo caminaba de nuevo, peldaño a peldaño, rumbo al cielo. Me secó y me llevó a la trastienda. Allí nos despojamos de la ropa que aún llevábamos puesta y desnudos como al nacer comimos todo lo que era comestible. Cómo gritaba, tenía que tapar su boca con la mano para ahogar sus alaridos. El mundo seguía su curso inexorable ajeno a lo que allí estaba pasando. Lo que siempre ha pasado y pasará cuando la intimidad arropa a un hombre y una mujer tocados por el deseo. Lamí sus dedos uno a uno y succione sus yemas como si fueran fresas. Solo pensar en sus sacudidas de placer me levanta el ánimo. Acordes celestiales salieron de su garganta. Ah, ah, ah. Henchida de placer me pidió la unión final. Yo ya estaba, por tercera vez, preparado para lo que un hombre debe estar siempre dispuesto. Nos unimos y gozamos con rítmico fluir. Uno dentro del otro, un solo cuerpo, una solo idea.


Desde entonces, llevamos el negocio juntos. No he conseguido salir de ella. Vivo debajo de su piel sin remedio, como hipnotizado. Pero cuando mi pelo crece al punto de rizarse y cubre mis orejas me acuerdo de mi peluquero de toda la vida. ¿Qué será de él? De sus chistes, de su risa, de la vida con sus amarguras y con sus dichas. Y me gustaría correr allí para decirle: Pedro, cortito como siempre. ¿Cómo va el Betis este año? Gemma no dice nada. Se quita las bragas. Las de rombos que tanto me gustan. Las deja sobre mi hombro y otra vez la brisa del mar. Luego padezco esos horribles ataques de sed que sólo ella sabe aplacar.

Y me lamento en voz alta: Pedro, has perdido un cliente. ¿Podrás perdonarme?

FIN

TORMENTA DE VERANO
por María López Bazaga


El aire soplaba en lenta calma, pesado y turbio, arremolinando a la entrada del refugio un pequeño montón de hojas macilentas que parecían clamar por un agua que no llegaba. La atmósfera destilaba una humedad sofocante que se cernía sobre aquel atardecer de primeros de septiembre.
Tras diez horas de marcha por la montaña, el grupo estaba exhausto. Dejaron caer al suelo mochilas y demás enseres y bajaron de nuevo al cauce del río a refrescarse un poco. Se dispusieron en círculo, sentados sobre los grandes cantos rodados. De nuevo las risas y las bromas, las caras ilusionadas y expectantes ante la idea de compartir juntos una nueva experiencia.
Miriam pasó detrás de él rozándole ligeramente la espalda con las piernas, y buscó mentalmente cualquier excusa para poder acercarse aún más; quería degustar aquel olor excitante que se desprendía leve de su camiseta sudada, ese olor tantas veces intuido y apenas captado, recluido en el envoltorio de algún estúpido perfume apto para el camuflaje urbano. Anunció presurosa que iba a darse un baño, y un escalofrío la recorrió al tiempo que él retenía con suavidad su tobillo en un sutil gesto casi imperceptible para los otros. Ten cuidado. Palabras impregnadas de aquella mirada que en otras ocasiones le había dedicado.
Cuando regresó ya habían encendido el fuego y estaban asando algo de carne, al calor de los vinos. Sus ojos se avivaron provocadores y no dudó en servirse un poco. Sucesión e intercambio de miradas.
El cielo tronó justo al inicio de “When the music is over”, invadiéndole una extraña y alegre melancolía que la arrastró hacia fuera, donde la lluvia caía intensa y tibia deslizándose sobre su rostro. Los ojos cerrados.
Una mano la asió imprevisible empujándola contra la pared de la cabaña, al cobijo de uno de los aleros. Sus bocas corrieron a encontrarse desesperadas, aquellas bocas que se deseaban desde hacía tanto. El la sujetaba firmemente por las muñecas, los brazos contra la pared, mientras sus labios y dientes iban desnudando ansiosos claros de piel que su lengua lamía. En un breve forcejeo, ella logró desasirse y sus manos palparon con avidez la cremallera, bajándole de un brusco tirón los pantalones para dejar después que los suyos se escurrieran lentos por las piernas hasta caer al suelo. El la levantó y se unieron casi al instante. Ahora si podía aspirar su cuerpo, su olor mezclado con el de la tierra mojada y el de la lumbre…

CON TODOS LOS SENTIDOS
por José Luis Muñoz


Se dibujó un perfume tan tenue que parecía salir de la niebla y estar hecho de nada. Como las gotas se condensan sobre las superficies bruñidas, así aquel aroma se aposentó en mis sentidos, que, exhortados, hubieron de abrirse.

Entonces la vi. Caminando hacia mí con una sonrisa. Con los ojos de gata sabia que la hicieron famosa. Con la mirada hecha promesa y los labios separados lo justo para mostrar sus dientes blancos.

Después la pronunciar mi nombre secreto. El de las grandes ocasiones, el de los aquelarres y las noches sin luna. Sonó su voz como un susurro del viento en los pinos, como el crepitar de una hoguera en San Juan, como el gotear de la sangre en el sacrificio.

Que tacto más dulce el rozar de sus medias al quitárselas. Mejor aún la metamorfosis de su piel bajo mis dedos, los vellos que se erizaron, como hierbas en el viento solano de agosto, la piel que se cuarteó, las cúspides de sus pechos que crecieron como babeles paganos. Entonces puso sus manos sobre mi desamparo.

Su sexo me supo a existencia. Sabor antiguo como la genética, dolor del alma ante nuestra inexorable pequeñez. Fue un regusto tan dulce como triste el sentir su humedad sobre mi cuerpo.

El sexto sentido. El de la especie. El que nos hace perder nuestra individualidad para no ser más que otro macho y otra hembra, que, tres mil millones de años después, siguen luchando contra el tiempo con la única herramienta que nos han dejado para sentir cierto grado de inmortalidad: el orgasmo.

A CUATRO MANOS
por Sara Sánchez y Agustín Lozano

En medio del silencio estoy sola con mis recuerdos, recuerdos de alguien a quien nunca llegué a conocer a pesar de que su piel, su olor, su pelo, su sudor después de compartir las soledades del alma fueron míos; familiares y lejanos...

Abro la ventana y dejo entrar un golpe de tristeza condensado en el ajetreo de los vecinos divirtiéndose (creo que uno de ellos me llama, han improvisado algo de fútbol para combatir el cansancio, pero no estoy de humor para fingir desenfado). Me equivoqué al acostarme con ella, todo previsto para ser olvidado con facilidad, una sola noche, pero ahora el recuerdo se impone y me apresa con sus tenazas.

¿Qué me pudo llevar hasta sus brazos? Bastaron dos miradas furtivas encontrándose en una de esas aburridas reuniones donde todo el mundo habla de algo que en realidad no conocen... Era un tipo corriente, de esos que no invitan a nada, pero había algo entre sus piernas que me hizo sentir primitiva, indefensa, como gata en celo...

Se abalanzó sobre mí a la tercera copa, parecía tan desesperada como yo, o era simple soledad. Me besaba en susurros, como si quisiera desnudarme con los labios. Luego lo hizo a empellones, ya en el hotel, abandonó la suavidad inicial al compás de mis embestidas, que no esperaron a la ausencia de ropa.

No recuerdo el hotel, cualidad perfecta de lugares que nos permiten sentirnos ajenos... Sólo quería que me penetrara ese falo que había estado pugnando por salir, lo sentía dentro de mí como si fuera la primera vez, olvidándome de mi condición primigenia de hembra en celo, o simplemente reducida a la búsqueda de la inmortalidad...

Cuando llegamos al orgasmo (demasiado salvaje para que fuera al unísono) su mirada primordial se enfocó sobre mí con una fuerza de siglos. Supe al instante que jamás conseguiría apartar de mí esos ojos, pero con idéntica fatalidad sentí que nunca podría retenerlos.

Jamás volví a verle. Todavía vago por esas reuniones aburridas con la esperanza de que los hados me concedan de nuevo su regalo.

MILAGRO MATUTINO
por César Vicente


Si digo que fue un martes podría equivocarme porque también pudo haber sido un jueves. Esto no importa, valga que fue un día de diario, en octubre, y que subí al autobús en mi parada habitual, a las ocho, como todos los días, y realicé las mismas y pequeñas maniobras mecánicas de siempre para procurarme mi apretado y mezquino sitio en el interior, empuñando la barra del techo con desgana, arrastrando los pies en cada parada para hacer hueco a la gente que subía con ese rumor de rebaño... No sé que vi primero, si su pelo, ardiendo suave al temprano sol de octubre a unos centímetros de mi cara o el pujante contorno de su seno izquierdo, un peldaño más abajo. La seda blanca de su blusa apenas rozaba la intimidad de un pezón duro como una valla silvestre.
Desperté entonces, y la observé con secreta lascivia, su hombro contra mi pecho, entre vaivenes, arrullado por el monocorde motor diesel del autobús. El sol se colaba entre los edificios de manera intermitente y la lustraba de un barniz ilusorio. Tenía cierto perfil intelectual, concentrado en la lectura de un libro de bolsillo que sostenía con una mano. Llevaba un traje de chaqueta negro bastante correcto, gafas de diseño, sin montura. Sin duda era una mujer atractiva.
Aún intento entender lo que ocurrió luego.
Interrumpió la lectura, levantó la barbilla y me miró. Me miró completamente, traspasándome, viéndome por dentro, como si rasgara un velo o apartara una telaraña. Tenía los ojos del que observa un estanque de aguas claras. En ese momento comprendí, entre otras cosas, que sabía de mi debilidad por las magdalenas con mermelada, así como que me dejaría apuñalar desdeñosamente por un beso suyo allí mismo, en aquel preciso instante.
Sin darme tiempo siquiera a improvisar algo de desconcierto acercó su boca brillante a mi labio inferior y lo besó, para morderlo luego tierna, voluptuosamente, como pulpa de fruta… Sí… como pulpa de fruta.
¿Cómo se puede besar así?, pienso, ¿Cómo se puede besar así un martes o un jueves de octubre a las ocho y cuarto de la mañana dentro de un autobús urbano?
No se liberó ni cuando el coche paró en seco unos minutos después. Antes de abandonarme me concedió un último aliento que hasta el chofer pareció considerar, ingrávidos a causa del frenazo, balanceantes entre cuerpos adormecidos. Retiró su mano de mi entrepierna y se escabulló fuera con una sonrisa resplandeciente en sus labios.
Con los ojos cerrados noté enseguida ese fervor, ese milagro tibio e intenso. Junto a mí, sentado, un adolescente con walkman me miraba y abría la boca. Pero no dijo nada.

domingo, abril 09, 2006

Relatos de Primavera ODRADEK

CHÉJOV EN SOLOVKI
por Leopoldo Elvira


Me senté, cerré los ojos, así, como ahora, y me puse a pensar:
los que vengan a este mundo después de nosotros, dentro de cien o doscientos años,
y para quienes estamos desbrozando el camino,
¿sentirán algo de gratitud?

“El Tío Vania”, acto primero. A. Chéjov.


La prisionera de Solovki [1]
El preso que dice ser Chéjov amanecerá muerto en la cripta de la iglesia de Sekirka, víctima en una celda de castigo del hambre o del frío, del tifus o de la brutalidad de sus guardias. Todos terminaremos igual, condenados sin juicio, destruidos por un trabajo de esclavos. Hablan de una amnistía, de la bondad de Stalin (...)
Sé que esta carta no te llegará, pero debo escribirla (…)
Hace frío en las islas. La nieve cubre las cúpulas del monasterio, transformado en vergonzoso campo de prisioneros, y se amontona en sus gruesas murallas de piedra. Las orillas de la laguna se congelan, cuajándose en una espuma de hielo batido y algas (…)
Acude a mi memoria un invierno, dos años atrás. ¿No fue entonces cuando recorrimos San Petersburgo deslizándonos sobre el hielo brillante de sus canales en un trineo tirado por caballos negros? ¿Es esta imagen mero capricho de mi fantasía? Cierro los ojos y no veo más que interminables montañas de turba. El invierno de 1924, tan lejano, imposible de sostener en el recuerdo sin un estremecimiento de dolor. ¿Cómo estás tú, cómo te tratan? (...)
En el verano de ese mismo año, en este campo matadero, un grupo de presos representó El tío Vania. Me parece increíble, una obra de Chéjov, en este sitio inmundo... El hombre que agoniza en las mazmorras de Sekirka interpretó a uno de los personajes. Desde entonces, dicen, fue perdiendo la cordura, de forma insidiosa, una lenta gangrena de la razón, como sorbida por las nubes de mosquitos que infectan las lagunas. Aseguraba haber encontrado un manuscrito del escritor en la hendidura de un tronco seco y lo recitaba por la noche, en los barracones.
Cuando llegué a Solovki, (desfilando aturdida por el muelle de madera, -aun oigo sus crujidos-, temblando tras una noche de incertidumbre y miedo, mareada por la travesía del Mar Blanco), recién deportada a este perdido archipiélago, el hombre de Sekirka deambulaba absorto, iluminado, profetizando una invasión de bárbaros venidos de más allá del mar, que arrasarían las islas, reduciéndolas a humo y cenizas.
Lleva encerrado en la cripta varios días, por “agitador”. Lo empujaban colina arriba y él gritaba: soy Antón Chéjov, he venido a Sahalín -¿recuerdas el antiguo campo de prisioneros zarista?- para dar testimonio de las condiciones en las que viven y trabajan los reclusos; represento al hombre libre, a la ciencia... En su delirio, identidad, lugares y fechas se confunden. Abandonaba el trabajo y paseaba como sonámbulo, abrazando a quien se cruzara en su camino, descalzo y vestido con harapos… Quizás ya esté muerto, enterrado en una zanja... ¿Qué diferencia hay, mi lejano amor, entre el Sahalín que visitó Chéjov hace más de treinta años y este Solovki de los soviets? ¿Qué diferencia entre los carceleros del zar y los esbirros del camarada Frenkel? Frenkel y su apestoso olor a cuero engrasado (…)

El director de El Tío Vania.[2]
Si, recuerdo Solovki. El frío. Y a ese tipo, Arnold Karr, el que se creía Chéjov. Un rostro duro. El pelo rapado, enjuto, ojos claros, una extraña mirada de visionario. He recogido por escrito mis memorias de Solovki, ¿desea verlas? (…)
En 1924 representamos El tío Vania. Es cierto, una obra de teatro en un campo de trabajos forzados. Yo tenía 21 años, era actor aficionado en una compañía de Moscú. Al principio, los primeros años, el campo fue más permisivo. Me acusaron de ser eserista de derechas. Deportación. Teníamos una pequeña imprenta, que compartíamos con anarquistas y socialdemócratas. ¿Un vaso de té…? Y un jardín junto al kremlin del monasterio (…)
Ese hombre, Arnold, hizo de Astrov, el médico. Los nombres se parecen: Antón, Astrov, Arnold. Lo interpretó con una vehemencia extraordinaria. Quizás fue trastornado por su personaje. Si me permite, le recordaré algunas líneas del texto de Astrov, las tengo subrayadas, permítame: “… esta vida rutinaria, esta vida deleznable nos ha absorbido, ha emponzoñado nuestra sangre”. ¿Qué le parece…? Un personaje torturado, un idealista nihilista, si me permite decirlo, “…la propia vida es de por si aburrida, estúpida, sucia, le embrutece a uno”. Arnold no lo soportó. Yo hice el papel de Serebriakov. Si lo desea puedo leerle unas frases...

Naftalí Frenkel. Director del SLON de Solovki. (Diario, sin fecha)[3]
Desde la privilegiada atalaya del campanario de Sekirka, emplazado sobre una colina al norte de la isla de Solovki, observo la extensión del archipiélago, entre la penumbra congelada del Mar Blanco. Bajo mis pies, en los sótanos, la celda correctiva, donde ahora purga sus culpas un perturbado que anda gritando soflamas de insurrección, un imbécil. A lo lejos se dibuja borroso el perfil del monasterio y sus recios muros, donde instalamos el mayor campo de destino especial del norte: Solovki.
El primer campo correccional de la Dirección Política Estatal Unificada, en cuya organización he colaborado con mi humilde y tenaz esfuerzo. Erigido por la inquebrantable voluntad del Politburó soviético.
Los bosques que van cediendo al empuje de las hachas, los fragantes aserraderos, la imponente central eléctrica, los depósitos de turba: herramientas todas en manos de los trabajadores, produciendo sin descanso riqueza para la nación rusa. Una espléndida maquinaria, rentable, eficiente y justa.
A lo lejos, casi invisibles, el resto de las islas: Bolshaya, donde criamos zorras plateadas del ártico; Ander, lugar de reclusión de los menos capaces, de las mujeres con hijos y los monjes traidores...
Diez mil hombres y mujeres en un riguroso proceso de corrección política a través del trabajo. Tanto trabajas, tanto comes: inmejorable estímulo para aumentar el rendimiento, vencer la pereza y ablandar la rebeldía.
Y para los insurrectos, los antisoviéticos, los idiotas, para ellos, las celdas de Sekirka...

Arnold Karr, el agitador.[4]
El abajo firmante, instructor Lev Kirikov, da fe de que el contenido de este documento recoge de forma literal las palabras del prisionero Arnold Karr, elemento antirrevolucionario sometido a reeducación en el campo de trabajo correccional de Solovki, durante los interrogatorios llevados a cabo en la celda de Sekirka.
El archipiélago será arrasado, triturado hasta las cenizas por los hombres blancos del norte, la cárcel será entonces el mundo entero, el hambre sus muros y seremos hermanos de sangre… Dios es misericordioso y no he perdido aun la cabeza, pero tengo los sentidos embotados… He venido hasta Sahalín para tomar cumplida nota de vuestro sufrimiento y hacerlo saber a todos… Solo Dios conoce cual es nuestra auténtica vocación... Los bosques rusos gimen bajo el hacha, los árboles perecen a millones. Se borrará de la faz de la tierra este monasterio infernal, arderán en una pira gigantesca los barracones, los carceleros, los monjes, los presos, la fiebre y el hielo… y de esta iglesia que sangra en lo alto de una colina congelada no quedará rastro… soy médico, un científico, he llegado a la isla de Sahalín en este año de 1890 con un firme propósito, denunciar la salvaje crueldad del zarismo con los delincuentes comunes y los presos políticos… ¡cuánta gente buena hay en Rusia!… esta vida deleznable nos ha absorbido, ha emponzoñado nuestra sangre… los ríos pierden caudal, se destruyen los paisajes… prostitutas de doce años, castigos corporales… los hombres blancos y sus espadas de hielo… la estepa siberiana ardiendo en silencio, bajo la nieve… no hay amnistía para los fantasmas…”

Un documento. Prisioneros transferidos.[5]
Campo de destino especial del norte.
Solovki. 12 de Octubre 1928
Relación provisional de trabajadores que serán transferidos a las obras en curso del Canal del Mar Blanco:

Dmitri Bikov
Oleg Akunin
Anderi Volos
Pavel Peperstein
Guergoy Chjartishvili
Arnold Karr
Serguei Popov
Mijail Aizenberger

(La lista incluye otros 136 nombres más, que omitimos por razones de espacio)

Otros prisioneros[6]
Olag Volima, escritor, recluido en 1924, superviviente:
Nunca pude soportar a Frenkel. Su sola cercanía me provocaba nauseas. El olor a cuero curtido de su chaqueta, sus botas brillantes de grasa, la gorra, el bigote pulcro y encerado, sus ademanes de maquinista, los ojos muertos como ostras cocidas, su memoria matemática con la que parecía registrar cada viruta de madera, cada pedazo de carbón, a cada hombre y cada mujer del campo. Peor aun que los chinches que por las noches te mordían la piel, que los sermones de aquel infeliz, que la fiebre, que la crueldad arbitraría de los guardias, que el cansancio y el frío y la nieve, que la incertidumbre sobre la propia vida, peor que todo era la presencia de Naftalí Frenkel, el maldito contrabandista que llegó a ser capataz de Solovki...

Petrov Volovich, deportado a los campos de trabajo del Canal del Mar Blanco en 1927, superviviente:
Lo conocí en las zanjas heladas del gran canal. Se aferraba a sus creencias como los dedos se pegan a un trozo de acero congelado. Sabes que despegarlos será doloroso, que te arrancaras la piel de las manos. Y no los mueves. Escondido siempre en su costroso caparazón.
Dormíamos apilados en las obras del canal, dentro de los surcos, en las cunetas, como animales cobijados al calor de los cuerpos, confundidos en una masa doliente, apestando como bestias, agonizando de frío. Sobre los ásperos sonidos de la respiración, los quejidos y el crujido de los huesos, escucho en sueños la voz susurrante de ese hombre que decía venir de Sahalín y ser escritor, que prometía un Apocalipsis que nos haría hermanos en la muerte, un prisionero del que nunca supe su nombre y del que no quedará nada, ni memoria ni olvido...

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[1] Correspondencia interceptada a Valentina Orlova, trabajadora 2337 del SLON de Solovki (fragmentos). Noviembre de 1926. Archivos de la KGB.
[2] Extractos de una entrevista realizada por la BBC para el reportaje “El GULAG soviético” al superviviente de Solovki Alexandr Petlosy. Mayo de 1984.
[3] Memorias de Naftalí Frenkel (extractos). Publicado por Ostieva Press bajo el título “Frenkel. Historia de la voluntad: de preso a director de un campo de trabajo”, en 1991 (probablemente memorias apócrifas).
[4] Extractos del registro de los interrogatorios que tuvieron lugar durante el mes de noviembre de 1926 en las celdas de castigo del SLON de Solovki.
[5] De los archivos de la KGB.
[6] Extractos de entrevistas realizadas por la BBC para el reportaje “El GULAG soviético”. Mayo de 1984


QUITAPELLEJOS
por Ángel Inoriza

Redacción costumbrista encontrada bajo los escombros de una escuela republicana tras los efectos de un bombardeo nacional en el invierno de 1938. Autor anónimo fallecido bajo fuego enemigo. Transcrito del cuaderno original que se conserva en Madrid en el Museo de la Guerra.

A las cinco en punto aparecen por el marjal. Los aviones llevan su carga de
guerra para los buques fondeados en el puerto. Sueltan sus bombas y se van. Desde el fuerte de Galeras, los antiaéreos responden con fuego de metralla. Ta, ta, ta, taaaa.
Me llamo Iñaki y vivo en la calle San Fernando, junto al Molinete, donde reciben las mujeres de mala vida, justo encima de Ultramarinos Salvador Mateo. Los niños del barrio nos apodan los franchutis, porque dicen que hablamos con acento extranjero.
El Viejo (*) nació en el Norte y trabajó en la mina desde los siete años. Recogía los pedazos de mineral que caían de las vagonetas cuando los mineros las arrastraban desde las entrañas de la tierra. Ahora es maestro de forja. El ingeniero jefe lo trajo consigo en el traslado. Las emigraciones son duras y pasan factura, dice El Viejo.
Recuerdo las tardes en el Norte. La Vieja preparaba la merienda. Pan con chocolate y leche fresca. Todos los días la traían recién ordeñada desde el caserío de Urruti. Cómo me gustaba repelar la nata sobrante de la primera hervida con un poco de azúcar. Tampoco olvido a María de la O, la palmeta de madera con la que Don Indalecio nos atizaba si no le dábamos bien la lección. La letra con sangre entra, decía. Y zas. Cinco, diez, quince palmetazos. María de la O estaba rajada por su mitad de tanto uso. Y cuando Don Indalecio aplicaba el reglamento, la raja hacía presa en la carne con un pellizco aumentando el dolor. Yo aguantaba el castigo sin llorar. Jamás corría a refugiarme en las faldas de La Vieja.
A mí no me gustan los refugios. Huelen húmedo y pican. Dicen que allí hacen su agosto los piojos. Yo no quiero que me rapen la cabeza como a mi hermano el pequeño. Empezó con la rasquija y La Vieja le peló al cero. Ahora parece una bombilla. En casa le llamamos Pelón. El mayor y yo vamos siempre juntos. La Vieja dice que corramos al refugio en cuanto suenen las sirenas. Pero yo prefiero ir al marjal a contar aviones. Acuden en formación. Cuando terminan la batida regresan por el paseo de los Mancos. Entonces cuento las bajas. Ya sé sumar y restar.
Hay quien quiere cerrar la escuela. Por lo de la guerra, dicen. Aunque yo, si no fuera por el hambre que se pasa, no lo veo para tanto. Yo me divierto mucho en al guerra. Soy rojo y comunista y me cago en los fachas de mierda. Mi Vieja dice que los niños no hablan de política pero no se puede doblegar la voluntad de los pueblos, como dice Nicario Zabala, el vecino del quinto.
Por las tardes echo una mano en la taberna del Pedrugón y me gano una peseta diaria. Entrego el sueldo en casa, ya soy un hombre. Por eso La Vieja me da una perra chica para rogalicia aunque yo prefiero fumar Liberal. Me trago el humo a pecho. Al principio tosía un poco pero ya me he acostumbrado. Mi hermano Fernando ayuda en casa Mateo, barre la tienda y despacha cuando don Salvador tiene que salir a algún recado. Se han hecho muy amigos y dice que, de mayor, quiere ser tendero. En la fábrica de mi padre hay mucho trajín. El ingeniero jefe se ha marchado por ideales. Desde entonces El Viejo no está bien mirado. Las envidias de la gente. Cuando sea mayor seré marino que es lo que da dinero. Viajaré por todo el mundo y tendré muchas novias. El Viejo dice que para eso hay que estudiar mucho. Pronto entraré de aprendiz en el Consejo. El Viejo me ha enseñado un letrero que hay en la puerta: Trabajo, maravillosa palabra que sintetiza el progreso del hombre, en tiempos antiguos significaba esclavitud, en los modernos, libertad. Me la tengo que saber de memoria, para que vaya aprendiendo, dice.
Con los niños del Molinete hacemos peleas a piedras. Sus madres se van con los marineros, por eso son hijos de puta. Se enfadan mucho cuando se lo gritamos y entonces empiezan las pedradas. El otro día le di a uno en un ojo y salió llorando. Seguro que era marica, el pobre. Un día capturamos a uno de su pandilla y los mayores le hicieron un gazpacho. Le metieron dentro de los calzones, paja, barro, mierda de perro y ortigas. Lo mandamos con su madre. ¡Cómo se rascaba! A mí aún no me han cogido pero si ocurriera no pienso llorar. Los rojos somos hombres de pelo en pecho. A veces, juntamos los orines en una lata. La ponemos inclinada sobre la puerta, llamamos al timbre y salimos corriendo. Desde nuestro escondite, nos reímos por dentro cuando abren y los meados se cuelan dentro de la casa. En la guerra no se pasa tan mal. Aunque La Vieja dice, puta miseria, y luego suspira. La desahoga, dice.
En casa no hay mucho que comer. Yo voy a robar naranjas siempre que puedo. Cuando hay bombardeo es más fácil. Cuento aviones mientras me como los gajos. Donde el tío Pencho birlo habas tiernas. El tío Pencho tiene una escopeta de sal. Y cómo se las gasta. Todavía me acuerdo del tiro que llevo en la espalda, lo que escocía. Se me saltaron las lágrimas pero no lloré. Las cáscaras de la naranja las guardo para cuando no hay otra cosa. Se te hinchan un poco los belfos pero te quitan el hambre para un rato. Los Viejos están muy preocupados y discuten mucho. Yo le digo a La Vieja que no se apure, que si la guerra dura mucho me hago marino y le mandaré queso de Holanda y carne argentina. Ella sonríe y me acaricia la frente. A mí me parece muy guapa cuando quita la cara de enfado, y cuando se ríe.
La otra tarde, La Vieja regañó con hermano y conmigo. Casi me saca la cabeza del cuerpo a empellones. No me salía la voz del cuerpo con el resuello. Luego se arrepintió y nos besó llorando. Nos abrazó a los dos y nos dijo lo mucho que nos quería. A mí se me hace que no fue para tanto. Resulta que se le acabó el carbón y nos mandó comprarlo a la carbonería de la Tía Tomasa. Las colas llegaban hasta el cuartel de artillería. Oímos a una señora decir que en Quitapellejos había carbón de sobra sin tantas colas.
Nada más entrar en Quitapellejos, de repente, las sirenas anunciaron aviones enemigos. No conocíamos el pueblo, ni dónde estaba el refugio. La gente corría en todas direcciones. Cada uno ocupado en resolver sus asuntos. La madre a por el bebé que dejó dormido en la cuna; el otro en cerrar el puesto de fruta; aquel en avisar al abuelo que era sordo. No sabíamos dónde acudir. Vimos un militar retirado que, con muletas y arrastrando una pierna, se apresuraba por una calleja. Le preguntamos si nos podía indicar el refugio. Seguidme, contestó. Dos calles más abajo, que se hicieron eternas, atravesamos un campo de fresas. Si no estuviéramos en éstas ya me hubiera gustado probarlas. El estómago me dio un pellizco. Al ruido de los aviones se añadió el de las sirenas. En el horizonte, entre las dos colinas que abrazaban al pueblo, atisbé el escuadrón, dos columnas de cazabombardeos. Cuando atravesamos el campo de fresas, al pie de una pequeña colina, vimos la boca del refugio. Echamos a correr dando las gracias pero dejando atrás al viejo militar, que se las componía para no enterrar en la tierra las muletas de palo. Los aviones se acercaban más y más. La boca del refugio era un embudo de gente que corría hacia él. El militar seguía rezagado. La primera formación de aviones lanzó una ráfaga de metralla que zumbó tras nuestros oídos. Ya casi estábamos llegando. Suerte que la metralla ni nos rozó. Miré hacia atrás buscando al militar que salía entonces del cultivo de fresas. En ese momento el segundo escuadrón volaba por encima de nuestras cabezas. Soltaron dos bombas. No me hizo falta mirar hacia el cielo. El silbido del proyectil al rozar con el aire era para mí tan familiar como el chasquido de los dedos. Miré a mi hermano mientras seguía corriendo. A punto estábamos de alcanzar la entrada del refugio donde nos encontraríamos a salvo. Justo a un salto de la puerta se sintió la explosión a nuestras espaldas. La onda expansiva nos empujó hacia adentro, cayendo en el regazo de una señora de carnes fofas que amortiguó el golpe. Pasó casi una hora hasta que terminó el fuego enemigo y dejaron de oírse las sirenas. Fuimos los primeros en salir. Justo en la puerta, la cabeza del militar yacía separada del cuerpo. No olvidaré la expresión de su cara. Los ojos saltones, como sorprendidos y la lengua fuera de la boca, algo torcida y manchada de tierra. Parecía que preguntaba: ¿porqué no me habéis esperado? Varios cadáveres estaban esparcidos a distancia. Mutilados algunos, reventados los otros.
Corrí asustado hasta mi casa sin pensar. Cuando doblé la esquina del Molinete, un carro estaba parado en la calle con medio caballo sujeto a su arnés. El otro medio, asomado a la balconada del primer piso. Subí las escaleras de dos en dos y de cuatro en cuatro. Cuando entré en casa resoplaba sin poder hablar. Mi madre gritaba: ¿dónde está tu hermano, dónde está tu hermano? No me salía la voz del cuerpo. La Vieja, cada vez más nerviosa, me zarandeó por la camisa, nunca había visto a la Vieja así. ¿Dónde está tu hermano, dónde está tu hermano?, repetía angustiada. Yo seguía sin poder articular palabra, recuperándome de la carrera y la emoción. Por fin, llegó mi hermano que corría detrás de mí sin lograr darme alcance. Entonces, la Vieja nos estrujó contra su pecho y dijo que no ganaba para disgustos, luego lloró, nos besó muchas veces y se reía nerviosa como una loca. Cuando estábamos más tranquilos empezaron los picores. La Vieja preparó un balde con agua para hervir la ropa. Los piojos nadaban en el agua. Nos lavó todo el cuerpo y de cuando en cuando nos besaba y abrazaba a pesar de estar enjabonados.
Lo de contar aviones ya no me interesa. Ya solo paso por el marjal cuando espío a los novios en el paseo de los Mancos. Si la guerra dura mucho tendré que hacerme marino que es lo que da dinero, viajaré por todo el mundo y compraré carne argentina y queso de Holanda.

FIN

(*) El Viejo/a: manera al uso de dirigirse a los padres en señal de cariño y respeto.

ALQUIMIA DE UNA POSIBILIDAD
por María López

“ Miro a través de los sucios cristales. Regueros de agua dulce, salitre y polvo caen y lagrimean, se estancan entre los vidrios de arena mojada. El agua impacta sobre los adoquines de la calzada y salpica las botas que calza un muchacho de tu edad; viste un grueso mandil verde oscuro y azul marino, y baja tranquilo la Cuesta de las Covachas en dirección al Mercado de Abastos.
Con súbita inspiración me levanto tambaleante de la mesa y empujo la carcomida portezuela de la taberna. La lluvia se cuela entre las raídas hendiduras de mi cazadora de pana, empapándome de pérdida o ausencia. Ojalá tuviera una certeza que me despojara de esta sinrazón que oprime y aguijonea mi ánimo. Una convulsión de desconsuelo o esperanza que aparte este velo que empaña mi mente de denso vaho. Tregua para el alma, sosiego para el espíritu.
Allá arriba, un agujero entre gris y blanquecino va desgarrando lento los negros nubarrones, hasta que toda la calle queda iluminada como un óleo del Greco.
Estrechas callejuelas rodean las naves bodegueras, que ocupan varias manzanas. Pavimentos impregnados de un olor agrio a manzanilla que me desagrada. Quiero irme a casa. Al llegar al Castillo de Santiago continúo por el Carril de San Diego, hasta poco antes de llegar a la Iglesia de Santa María la Mayor.
Atravieso el patio y franqueo la puerta herrumbrosa de forja. Mi casa es la típica mansión andaluza de familia bien avenida; amplia, luminosa de dos plantas. Descuido la plaga de hiedra que engulle la fachada y que oculta un azulejo de la Virgen del Carmen. Toda una vasta herencia de responsabilidades a la que dejo consumirse en espontánea simbiosis.
Con gesto cansino y derrotado me dirijo a la biblioteca, situada en la segunda planta. Me desplomo sobre la gran butaca de terciopelo rojo que parece sacada de un burdel parisino. El sol debe haber alcanzado su cénit. Un inmenso haz de luz cenicienta se difumina a través de la claraboya y los grandes ventanales, iluminando toda la estancia.
Huelo a polvo mojado, a pobre del Camino. Me desoriento en un mar de incertidumbre. Recorro con la mirada perdida una multitud de recuerdos de mis viajes, que estáticos, se dispersan sobre estanterías, alfombras… Pergaminos de piel de cabra que reposan sobre el viejo escritorio de madera de teca. Egipto, Pakistán, Camboya, Japón, Perú, Dinamarca… La lista es interminable.
Lleno mi vacío arrojándome a otros tiempos. Arena blanca y fina de una duna de Doñana, resbalando por mi espalda como por la pared de un reloj de cristal. Extensos espejos de barro que devuelven imágenes difusas blancas y rosáceas. Montañas de sal que acogen en las cercanías de sus humedales a toda suerte de aves migratorias. El Real San Fernando navegando en un hilito de agua entre dos lenguas de tierra, mientras paciente circunda el Coto. Gatos negros a la búsqueda y captura de restos de mariscos enmarañados entre las redes, nidos de antenas, pechos y patas secándose inertes al sol de la mañana en la Lonja de Bonanza. El viejo vendedor de bocas de tiburones en la Plaza del Cabildo. El mejor café del mundo en el amplio salón que la Casa de Medina Sidonia había habilitado para el público en el Palacio. Los arcos mudéjares de la fachada del Ayuntamiento. La Biblioteca Municipal, con todos aquellos libros que quién sabe, lo mismo a mi vejez acaban abigarrándose a mi mente como el barroco artesonado de madera a la techumbre del edificio.
Poco reconfortan ahora estas atropelladas divagaciones, hoy el pozo tiene fondo, y es que debo hablarte de él y no sé cómo; he intentado esbozar no sé si con éxito, una escueta presentación de mi entorno y mi persona, como quien traza líneas gruesas a carboncillo.
Por momentos los recuerdos que de tu padre tengo se diluyen y confunden, se me agolpan, pero creo vislumbrarle en medio de la amalgama de sus propias vivencias, aquellas que en ocasiones solía contarme.
Veo a Kumar Sesay alzando sus grandes ojos por encima de los hierbajos. La serpiente había regresado una vez más para envenar el alma de su pueblo. En décimas de segundo saltó como un cachorro de pantera sobre ella, asiéndole firmemente la cabeza, inmovilizándosela. Los demás niños se abalanzaron también sobre ella, la introdujeron en un gran saco de tela y la mataron a golpes.
Levantó la vista para otear el lejano horizonte, donde despuntaban los Dientes de la Leona, formaciones geológicas espontáneas que se producían al alinear imaginariamente los picos de los montes Sula y Tingi., allá en la Sierra. El pueblo mende creía que todas las desgracias nacían dentro de aquella boca felina, y que bajaban después sibilinas por las laderas ardientes.
Transcurrió de este modo la infancia de tu padre, Kumar, criándose entre plantaciones de ñama y yuca. El paso a su adolescencia le marcaría irreversiblemente, sumiéndole en una terrible pesadilla de la que si alguna vez logró salir fue por ti.
Una noche estalló la Gran Guerra, una más entre los numerosos conflictos bélicos que la siguieron, asolando el país; corrió cuarenta kilómetros de selva hasta llegar a la aldea en la que habría de refugiarse en casa de un pariente. Las balas gemían y aullaban silbando entre sus largas piernas, tratando de impedir su huída. Exhausto, cayó al fin ante la puerta del chozo del hombre que iba a acogerle.
Transcurrieron así siete largos años de su vida. Convertido en aprendiz de artesano, modelaba con arcilla máscaras religiosas para ceremonias Nga-Fa, que vendía a un señor dedicado al negocio de la exportación. Más tarde descubriría que aquellas máscaras no abandonaban el país hasta haber sido rellenadas convenientemente de pequeños diamantes.
Decidió emigrar. Un primo segundo suyo era patrón de un pequeño carguero, y se comprometió a sacarlo de allí. Se dirigía a Sevilla con un cargamento de fruta y algunas antigüedades para un buen cliente gaditano. Tu padre tenía que abandonar el barco antes del comienzo del estuario del río Guadalquivir. Su contacto, un tal Moussak Yetley , le había indicado como destino Sanlúcar de Barrameda, comunicándole así mismo que desembarcase al anochecer en frente de la costa de la Jara, a la altura de un barco que quedó varado allí y se hallaba partido a la mitad. Una vez localizado el punto, saltó sin más por la borda y nadó hasta la orilla. Moussak aguardaba en la playa. Un marroquí bajito que le miraba con desconfianza. Sin intercambiar palabra alguna, le llevó a una ruinosa casita del antiguo barrio de pescadores, en la que hubo de convivir con tres hombres más.
Cuando conocí a tu padre pesaban ya cinco años a sus espaldas trabajando a destajo; como ayudante de un argelino propietario de un puesto de baratijas en Bajo de Guía, como recolector de tomates en un invernadero, faenando en un pesquero junto al sobrino de un viejo amigo mío de la calle…
A menudo me hablaba de tu madre, piel de ébano, grandes ojos, iris chocolate sobre fondo de luna llena. Me contó que el origen de tu nombre yacía en tu hermoso cabello de color azabache. Gustaba de componeros canciones. Luego se reía de sí mismo, mostrando su irregular dentadura picassiana, y me decía que menos mal que no habías salido a él, con ese pelo estropajoso y descolorido y esos ojos amarillentos del color de la vainilla.
Sólo supe de vosotras que no habías podido marcharos con él, y que partisteis a Túnez a servir a casa de una gran familia. Dada la buena posición de tu madre como ama de cría en aquel núcleo familiar, recibías tú a cambio una buena educación junto a las dos hijas mayores del matrimonio, mientras tu madre amamantaba al más pequeño que nació débil y enfermizo.
Otro día, con gruesas lágrimas como la sal inundándole los ojos, me anució que tu madre había fallecido, quedando tú sola en la casa. La familia te había permitido permanecer allí sirviendo como criada, al menos hasta que alcanzases la mayoría de edad o encontrases un marido.
Tu padre guardaba vuestra dirección como un tesoro en su cartera, bajo la chilaba; me rogó por la gran amistad que nos unía que si algún día le ocurriese algo, me pusiera de inmediato en contacto contigo.
Mi querida Leilah. No tengo palabras. La última vez que ví a tu padre nos encontramos al atardecer cerca del Kiosco del Cubano, y me dijo que se marchaba a casa temprano, pues al día siguiente tenía que madrugar mucho.
Tres años de amistad siguieron a un vasto silencio. Ocho meses anduve empeñado en su búsqueda sin obtener resultado alguno. A menudo me lo imagino paseando de noche por la playa, como solía hacer cuando bajaba la marea y la arena fangosa le succionaba los pies hasta los tobillos, recordándole mucho a las costas de su tierra natal, a la que tanto añoraba.
Me despido no sin antes expresarte mis más sinceras condolencias, y mi más profundo malestar por no poder decirte más nada de él, de nuevo me ahoga la incertidumbre. Te ofrezco no obstante con toda honestidad cualquier tipo de ayuda que pudieras precisar, comprometiéndome así mismo a completar tu interrumpida educación si fuera ese tu deseo. Te adjunto mi dirección al dorso del sobre. Espero que mi ya oxidado francés no te haya creado muchas dificultades de traducción.

Con cariño,
Teodoro López de Villalón “

Unas manos teñidas cuidadosamente de henna doblaron despacito la larga misiva ocultándola bajo un colchón, tras recoger del suelo aquellos papeles que cayeron lánguidos al suelo, mecidos por una brisa cálida que se coló entre las persianas.
Se envolvió con el pañuelo de su madre y dejó que los últimos rayos de sol se deslizaran por sus mejillas. La desolación había inundado del todo el diminuto espacio en que hasta ahora había albergado un poco de esperanza.
Con inmensa rabia contenida acudió al llamamiento de una anciana; provenía del piso superior. Subió con paso quedo por la estrecha escalera impregnada de especias y odio. Ni siquiera podía apoyarse en la barandilla. Su brazo derecho estaba tan amoratado que cualquier simple fricción sobre el mismo le dolía. Las frágiles articulaciones de su muñeca crujían.
Sirvió el té a la anciana y le volvió la espalda. Su mirada llena de resentimiento se posó con avidez sobre el pomo de la puerta. Tras esperar unos segundos, volvió al cuarto de servicio. Releyó una vez más la carta. Sacó su vieja maleta de cartón e introdujo sus escasas pertenencias. Aquella misma noche partiría a Marrakech a casa de su tía, sus ahorros no le daban para más. Desde allí escribiría a tan generoso caballero poniéndole al corriente de su situación, y aguardaría una respuesta. Una posibilidad entre un millón que no podía rechazar estando al borde de la nada.

TEMPUS FUGIT
por Agustín Lozano


La ciudad se despereza, adormilada, deshaciéndose del sueño diario con la lentitud de los árboles. Dos dígitos iguales sobrepasan a otros y marcan la hora en punto, suena la alarma. Son las siete de la mañana, o quizá sean las ocho, tal vez las nueve para los más desahogados. La radio se pone en marcha con el noticiario matutino, los televisores dejan ver en sus pantallas la anacrónica esfera de un reloj. Arsenio Wallace se dirige al baño con pasos vacilantes. Cada mañana, sus primeros ciento ochenta segundos son los únicos en los que su precioso tiempo se deja influir por la ausencia temporal del sueño, de la que se desprende como lo haría de una telaraña pulposa: a tirones, hasta no dejar rastro. Todo lo demás en él está profusamente cronometrado. Diez minutos de acicalamiento y fugaz desayuno, otros tantos para subir al autobús. Entre treinta o cuarenta de trayecto, depende de la densidad del tráfico. Jornada de ocho horas, más una de almuerzo, son por tanto nueve. La suma de realizar el viaje de vuelta en transporte público y llegar caminando a su vivienda apenas supera los cuarenta y cinco minutos. Entonces Arsenio, en lugar de abandonar la cuenta del tiempo hasta el día siguiente, como haría cualquier empleado en sus cabales, permanece alerta, despierto, y mantiene sus horas de asueto parceladas en espacios de tiempo fijos: cincuenta minutos (ni uno más, ni uno menos) para preparar la cena y dar cuenta de ella, cuarenta (aun alguno más, aquí se permite cierta flexibilidad) para higiene personal, ducha y afeitado. Dos horas más de ocio, a menudo audiovisual, en menor medida lectivo, muy raramente para salir de nuevo a la calle. Cuando el largometraje o la serie o el show sobrepasan el límite, recurre a su grabación, que llenará parte de los ciento veinte minutos del día siguiente, o quedará aplazada para el fin de semana, cuya longitud resulta siempre difícil de completar con disciplina. Arsenio Wallace, debido a su particular obsesión por medir los tiempos, será el primero en notar el cambio.

El día siguiente no es un día más porque, sin precedentes desde que adquiriera la plaza de numerario, Arsenio llega tarde a la oficina. Pese a respetar escrupulosamente sus tiempos, y comprobarlo cada cinco minutos en el reloj portátil (modelo cronosfera, de gran precisión) no alcanza el autobús previsto. Nervioso ante las posibles represalias, pone especial empeño en pasar aún más desapercibido en el trabajo y, para su sorpresa, la jornada laboral le resulta extrañamente corta. Las imputaciones de segmentos temporales asignadas a cada tarea no llegan a acumular las ocho horas reglamentarias, sino apenas siete. Así lo refleja el computador monitorizado de Arsenio Wallace, y lo mismo sucede a su alrededor, en todos y cada uno de los habitáculos de la planta. A la salida, un enjambre de obreros se agolpa en el perímetro de seguridad. Arsenio se dirige, pasando con apuros entre el gentío, hacia una amiga, antigua compañera de planta, a la que no ha visto desde su traslado, dos años atrás. Tras excusarse ambos en la incompatibilidad horaria para explicar su falta de contacto, ella le pone al corriente de la situación: nadie puede salir del edificio porque el ordenador central asegura que sólo han trabajado siete horas, frente a la evidencia de sus relojes y de la oscuridad crepuscular que llega desde el exterior. En el que, sin sospecharlo en modo alguno, se convertirá en su último día de trabajo, los empleados del Ministerio no tienen otra opción que realizar una hora extra antes de regresar a sus hogares (si bien, gracias al intervalo perdido en el área restringida, algunos de ellos no sobrepasaron los cincuenta y cinco minutos).

Durante el trayecto de vuelta, Arsenio se dedica a comprobar constantemente si su cronosfera de última generación, adaptable a ambas muñecas, se encuentra sincronizada con cuantos relojes alcanzan sus ojos. Así es. Hecho constatado que, lejos de contribuir a recuperar su extraviada tranquilidad, no hace más que disponerle a realizar una última prueba. Sospecha que no podrá conciliar el sueño a menos que logre certificar que todo es producto de un error del ordenador central, y que el resto de extrañas incidencias del día son casualidades sin mayor importancia. En medio de una crispación y ansiedad crecientes, Arsenio realiza las tareas establecidas (cocinar y comer maquinalmente, ducha rápida) con la escamosa sensación de que el tiempo se escapa como arena entre los dedos, para ir a parar a una playa vacía, vacía incluso de olas con las que aproximar su transcurso. Llegado el momento de descansar frente a la televisión y en lugar de ponerla en marcha, Arsenio cuenta mentalmente los segundos que conforman un minuto. Es una práctica que realiza con frecuencia, para matar el tiempo, y con suma exactitud. Salvo entonces. Cuando mira el cronómetro de su potente reloj de última generación, colocado sobre la mesa, ya han pasado sesenta y seis segundos. Coge aire y repite la operación, esta vez cerrando los ojos para asegurar máxima concentración. Ahora marca sesenta y ocho segundos, casi sesenta y nueve, pero en cualquier caso no menos de los sesenta y seis de la cuenta anterior.

Arsenio Wallace teme por su vida. No sabe qué hacer fuera de la rutina y augura un próximo día de trabajo por completo caótico si el tiempo, como parece, le da la razón. Enciende el televisor para procurarse una distracción que adivina imposible. El noticiario nocturno, ampliado fuera del horario habitual, sólo difunde catástrofes: accidentes de aviación en diversas partes del mundo, el sistema financiero de un país meridional colapsado, aumenta la tasa nacional de muertes por enfermedades crónicas, abortos imprevistos y recién nacidos con malformaciones en los hospitales de la ciudad. Así durante incontables minutos de desgracias hasta que el boletín se interrumpe con una noticia de última hora: la unidad móvil del informativo envía imágenes en directo de una revuelta en los barrios marginales de la periferia. La rebelión ha comenzado de forma espontánea, relata el cronista, cientos de jóvenes radicales destrozan con furia criminal soportes publicitarios y arrojan piedras contra iglesias y edificios administrativos. El reportero olvida un detalle que no escapa a los asombrados ojos de Arsenio: los insurgentes, que no son sólo jóvenes sino de distinta edad y condición, arremeten específicamente contra vallas y fachadas que contienen algún tipo de reloj en ellas, y dirigen con irregular puntería sus lanzamientos hacia las iluminadas esferas, ya sean éstas circulares con dos viejas flechas, en rectángulo fluorescente digital o en representación diferida de otro reloj ausente; hasta eliminarlas una a una.

Arsenio agarra de un empellón su cronosfera (un acto reflejo) y baja a la calle, donde varios grupos, en menor número que en los suburbios, imitan ya a los asaltantes televisados. Junto a ellos, Arsenio Wallace la emprende con el marcador municipal de hora y temperatura, patrocinado por una importante marca de electrodomésticos, la que produce en serie su reloj último modelo, hasta que no encuentra nada arrojadizo a su alcance. Entonces repara en su mano izquierda. Ha estado apretando el puño con rabia, clavándose la cronosfera de moda, adaptable a ambas muñecas, la sangre deslizándose por el brazo. Con gritos y aspavientos llama la atención del resto, y les conmina a destruir sus propios relojes de pulsera. Un vecino suyo, al que siempre consideró tan pacífico como él, se acerca y machaca también un teléfono portátil. Si Arsenio pudiera abstraerse un momento y abandonar de golpe el pulso acelerado y concentrarse lo suficiente para ejercitar su peculiar manía de contar el tiempo, constataría que su minuto mental apenas alcanza ahora los sesenta y cuatro segundos, más o menos.

LAS HEREJES Y LA SED
por José Luis Muñoz

“Acabad con todos ellos, porque Dios conoce a los suyos.”
Arnaud Amaury, legado papal en la cruzada contra los cátaros,
parafraseando una oración sálmica.


Carcasona, enero de 1210

El dominico agarraba con fuerza el brazo del cruzado francés, al que doblaba en edad. Nevaba perezosamente sobre la ciudad occitana, ya el blanco teñía los patios que les llevaban sin prisa hacia las entrañas de la fortaleza. Conversaban al caminar.

- Todos los objetivos están conseguidos, monseñor. El país cátaro pertenece por Simón de Montfort a la corona francesa, todos los herejes muertos o encarcelados, Beziérs aniquilada, Raimundo de Tolosa humillado, Carcasona sin cabeza… la cruzada ha sido un éxito – dijo Pierre Louis de Orleáns, dejándose llevar por el entusiasmo de sus pocos años.
- Efectivamente, lo que hemos conseguido es mucho más de lo previsto o incluso de lo previsible, pero queda aún mucho por hacer. Sobre todo, me queda aún mucho por hacer – El padre Domingo de Cetina, inquisidor dominico aragonés, hizo una pausa. Cruzó sus gordas manos llenas de anillos por debajo de la túnica blanca y negra para protegerse del frío y continuó, levantando las cejas al hablar – Un hereje vivo, aun encarcelado, es un peligro para la religión y la Santa Madre Iglesia. Y por tanto para el rey de Francia.
- Sin duda, sin duda. Pero, ¿dónde me lleváis?
- Quiero que veáis un ejemplo. Vuestro informe al rey Felipe debe dejar más que claro cuál es la política papal y el verdadero objetivo de la cruzada, o sea, salvar esta tierra del Languedoc del Maligno que le acecha. Ya hemos llegado.

En la puerta de madera aherrojada se encontraba un hombrón de más de dos metros de altura, ancho de espaldas, nativo del país.

- ¿Qué tenemos aquí, Roger? – dijo el inquisidor.
- Dos mujeres herejes, señor. Azalaïs de Beziérs, perfecta, y Germana de Castres, fiel cátara, esposa y madre de herejes.
- Asomaos, mi buen Pierre- dijo el dominico mientras soltaba el brazo del joven francés.

A través del ventanuco y los barrotes, el cruzado pudo ver las dos mujeres. Una de ellas, alta y delgada, entrada en años, estaba de pie mirando caer la nieve por el agujero del techo. La otra, una mujer joven y robusta, estaba echada en la húmeda y maloliente paja, con las manos en la cara y con los ojos apuntando al suelo. Ambas estaban casi desnudas, sólo un braguero cerrado con una cadena les ceñía la cintura. El frío y la poca luz mostraban sus cuerpos en azules y morados. El francés se separó de la ventana y le dijo al dominico:

- ¿Qué ha pensado para ellas? A la joven se me ocurre…

El guardián cortó la insinuación de Pierre con voz en la que se vislumbraba tanto el odio al invasor francés como el respeto a la inquisición que libraría su país de tanto hereje.

- Señor, como indicó su paternidad, el aquí presente Fray Domingo, que debía hacerse, estas herejes llevan cinco días sin comer y dos sin beber.
- ¿Y los bragueros? – preguntó el cruzado.
- Los llevan para que no puedan beber de sus fluidos corporales, ni de los suyos ni de los de la compañera.

El olor que salía por el ventanuco era irrespirable. Dentro de la celda no se oyó nada de la conversación. Una nube blanca de hambre les embotaba los sentidos. Pero mucho peor era la sed. La Sed, con mayúsculas, que era como se la imaginaba la perfecta Azalaïs, algo decepcionada con el suplicio que le tocaba en su martirio; llevaba años ayunando y soñando con la hoguera. La otra reclusa sólo pensaba en su marido, muerto en la defensa de la ciudad, y en su hijo, que sólo el Dios de los cátaros sabría localizar.

- Pocas esperanzas nos quedan, hermana perfecta – dijo Germana.
- Nunca hubo ninguna en este mundo dominado por la impureza y la bestia vaticana.
- Yo hablaba de la guerra. Mi marido, mi suegro… El propio vizconde Roger Trencavel, encerrado en estos mismos calabozos… mi hijo Raimon, que nunca llegará a adulto para defender esta tierra de esos malditos cruzados franceses…
- No pongas tus ilusiones en la guerra ni en los hombres. El guardián dijo, antes de retirarnos la comida y el agua hace no sé cuantos días, que el Trencavel ha muerto de hambre y de pena por el vizcondado perdido. Qué lástima que fuera un maldito hereje, dijo. Era todo un caballero y paladín del Languedoc, dijo. Este Roger debe ser tan patriota como tú, querida Germana. En cuanto a tu hijo… sabe Dios.
- Ojalá todavía fuera tiempo de amamantarlo. Quiero decir que tendría leche… podríamos beber…

Se callaron, asustadas. A medias por la brutalidad que había osado pronunciar Germana, a medias por que las dos lo desearon demasiado como para que no fuera pecado. Con sus labios cuarteados y tumefactos, la perfecta Azalaïs comenzó a rezar.

Cinco días después, Pierre Louis de Orleáns fue despertado de forma tan súbita que apenas tuvo tiempo para hacer salir de la habitación las dos prostitutas. Fray Domingo de Cetina solicitaba su presencia inmediata en las mazmorras. En pocos instantes se vistió y ciñó su espada, para seguir después al esbirro que lo condujo hasta la prisión. Cuando se acercaba, vio como Fray Domingo y Roger estaban asomados al ventanuco. Cuando hizo amago de preguntar que ocurría, el dominico le puso su manaza en la boca y el guardián le hizo sitio para que viera y oyera. Las dos herejes se hablaban a gritos.

- ¿Quién ha sido tu mentor espiritual, Germana, que tan mal te ha formado? Deberías saber perfectamente que este mundo no tiene sentido, que es del demonio, que Dios es puro y este mundo no lo es, que esta maldita existencia es de la bestia, no de Nuestro Señor, y que, por tanto, no vale la pena lamentarse por nada. Ni por nadie.

A pesar de la sed, Azalaïs se mantenía erguida. A Pierre de Orleáns le dio la impresión de que no se había movido desde el principio de su encierro. Germana, en cambio, se mostraba muy deteriorada, más delgada, sucia, con el pelo alborotado y la mirada perdida. Pero su voz no había perdido fuerza alguna.

- No eres madre, ese es tu problema.
- ¿Madre, dices, madre de algo impuro, algo de este mundo, madre y creadora de una carne que sólo nos hace recordar lo asqueroso que es nuestro cuerpo y olvidar la grandeza de nuestra alma? Es mejor no ser madre.

Los acontecimientos se precipitaron ante los que observaban. Vieron cómo Germana se abalanzó sobre la perfecta Azalaïs, cómo la derribaba en la paja sucia, cómo sujetó sus brazos con las manos, cómo aplicó sus dientes sobre el cuello para morder y satisfacer la sed de tantos días, la Sed. Germana pudo apreciar cómo Azalaïs agradecía, con una oración plena de orgullo, el sufrir un suplicio digno de su alma perfecta. En cambio, ella pensó: “Por mi hijo, debo vivir por mi hijo”.

Pierre de Orleáns constató como los ojos de Fray Domingo de Cetina brillaban triunfantes y crueles mientras gritaba:

- ¡Ves, querido Pierre! No tienen derecho a la vida, ni a ésta ni a la eterna, alguien capaz de hacer esto a su compañera de celda merece mil veces la muerte y todos los suplicios. Dios ha de inventar un nuevo infierno para esta gente.

Roger el guardián pensó que quizá ya lo hubiera inventado.

sábado, marzo 11, 2006

INFANCIA

NANA
por Julio Abelenda


La ventana helada de invierno, ¡te sientes hechizado! En la alta madrugada, mientras todos duermen, te descubres despierto y aterido, con la nariz pegada en el cristal, viendo cómo el cerco de vaho de tu aliento sobre la superficie transparente se hace grande y chiquito, grande y chiquito… ¿Cómo llegaste hasta aquí? ¿Qué te sacó de la cama, llamándote en silencio, nombrándote sin palabras, guiándote por el oscuro pasillo –triste niño de Hamelin- hasta abandonarte en el salón de tu casa, frente a la ventana cerrada? ¿Fue entonces que despertaste, con el frío que se cuela por cada rendija transformándote los huesos en frágil hielo, que podría resquebrajarse al más mínimo movimiento? (¡No te muevas!) ¿O no has despertado de verdad, acaso nunca lo hagas, y te busquen inútilmente en la cama, sacudiendo y agitando un cuerpo inanimado que ya no es el tuyo, sin saber qué tú sigues aquí, agazapado y aterido frente a la ventana?...
Pero ahora algo llama tu atención, y al cabo ves aquello que la ventana quiere que veas, y a través del vaho que sin darte cuenta, en un juego infantil, has ido extendiendo por el cristal, lanza sus destellos un enjambre de luces como faros en la niebla -¿eres tú un barco, un navío a la deriva, que ellas tratan de guiar entre los arrecifes de la noche?-, aguantas la respiración para verlas, y de entre los jirones de niebla que se descosen emergen radiantes, y no son luces ni faros sino ventanas, ventanas iluminadas en el rostro pétreo y amenazador de los edificios, y si escuchas con atención una voz inaudible -una voz como de sombras murmurando- emana de ellas, de todas ellas murmurantes sombras que hablan y susurran y cantan, y lo hacen sólo para ti, y las oyes con el oído oculto dentro de tu cabeza -las palabras no pronunciadas son como un bálsamo-, y ahora ya sabes qué te trajo hasta aquí, qué oscuro sentimiento te arrancó del descanso hundiéndote su gélida garra en el pecho, levantándote de la cama como a un títere sin voluntad, obligándote a apostarte en esta atalaya en busca del mantra tranquilizador, la fórmula mágica de tu serenidad en la madrugada, la nana que te adormecerá plácidamente hasta que te encuentren con el nuevo día, como tantas otras veces, acurrucado junto a la ventana…
“No estás solo”…

CANICAS
por Fco. Javier Ayuso


Contaba solo con doce años de edad cuando tuvo que realizar su primer viaje fuera de casa, fuera de todo lo conocido hasta ese momento, cuando como un relámpago salió disparado hacia la mesita de cerezo de su casa para descolgar el teléfono, y escuchó la débil voz de su abuela que se oía al otro lado de la línea con ecos de ultratumba, aquella voz tan desconocida para el y a la vez tan esperada, de modo que no pudo evitar transportar su mente a otro lugar donde no tuviera que observar los rostros de sus padres que cada día se miraban el uno al otro con ojos extraños, como si el devenir de los años de casados hubiera conseguido que todo aquello que antes les unía les alejara lentamente, y solo quedara de su relación unas pocas cartas que aún conservaban de la época de novios y una sonrisa que ambos se dirigían cortésmente todos los días a la hora del almuerzo, cuando su padre llegaba del trabajo.
La noche de su llegada al pueblo durmió placidamente en la cama, en cuyas sábanas de frío tacto se sintió a salvo de todo, arropado por mantas que le sumergieron en sueños de mundos extraños y aventuras de piratas que asaltaban barcos y encontraban tesoros en islas perdidas en mitad del océano.
A la mañana siguiente le esperaba en la cocina un copioso desayuno compuesto de leche recién ordeñada con la nata flotando a jirones en mitad de la taza y rebanadas de pan untadas en aceite.
Después de desayunar su abuela le dijo que tenía un regalo para el, un bote lleno de canicas. Cogido de la huesuda mano fue a su cuarto, donde le esperaba el ansiado botín.
Las bolitas de cristal brillaban como luciérnagas en la oscuridad de la noche, las había de todos los colores y tamaños. Observó sus ojos ciegos y vidriosos de mirada azul, y allí, entre las sombras de la pequeña habitación no supo ocultar su vergüenza por no haber conocido antes a aquella anciana de pelo gris.

SOFÍA
por Fco. Javier Benítez


Se llamaba Sofía, y vivía un piso más abajo. La primera vez que la vi estaba esperando el ascensor. En mis manos, el preciado número uno de la serie de comics Los Vengadores. Entre las suyas, el asa de un carrito de la compra. Era de mi edad, de cuerpo ligero, piel nacarina, pelo largo y castaño. En su mirada había algo que no comprendí en aquel momento.

Hasta entonces, el amor me había parecido algo que le ocurría a los mayores, y que, por regla general, los volvía muy extraños. Si acaso, me preocupaba por que el matrimonio entre La Visión y la Bruja Escarlata fuese feliz, ya que en sus manos estaba el futuro de la humanidad. No obstante, aquella chica en tres dimensiones fue capaz de atrapar mi imaginación. Una mañana, entre combate y combate de libro-juego, me asomé a la ventana de mi cuarto y la encontré en la terraza del lavadero de su casa, sin que aparentemente se percatase de mi presencia. Tendía la ropa de sus hermanos al tiempo que tarareaba una canción de Mecano o quizás de los Hombres G. Tras recrearme en su visión durante unos minutos, regresé avergonzado a mis espadas y mis demonios. Tenía la sensación de que había estado haciendo algo a la vez prohibido y placentero. No sabía concretar exactamente qué, pero me gustaba. Aquella misma tarde, mientras dibujaba una historieta, decidí crear un personaje idéntico a aquella vecinita, que se llamase Sofía, que fuese la pareja de Super-Enmascarado.

Al día siguiente, ella estaba sentada frente a la ventana de su cuarto, leyendo un libro que debía de ser realmente interesante, pues permanecía allí como congelada, alegrando mis ojos y mis entrañas, y yo volvía a mi libro-juego para intentar que Lobo Solitario consiguiese la espada Sommerswerd, pero me picaba de nuevo la curiosidad, me asomaba otra vez, certificaba que seguía en su sitio, y algo dentro de mí volvía a estar en paz. Al menos hasta la tarde siguiente, que no se hallaba ni en la terraza del lavadero ni en su habitación, obligándome a mirar cada quince minutos de reloj, y ya no era capaz de concentrarme en la lucha contra los helghasts, pues esperaba que llegase la noche, y después la mañana, y después la tarde siguiente, para que, por favor, continuase la lectura de su novelita, frente a la ventana, como debía ser.

No olvidaré el momento entre fatídico y mágico en el que decidí dejar de observar a Sofía. Estaba anocheciendo, sería verano, y esta vez ella me esperaba en su habitación, mirando hacia arriba, desafiante. En cuestión de segundos perdí toda la seguridad en mi mismo, y comencé a temblar como si tuviese fiebre, intentando mantenerme firme para demostrar algo que tampoco sabía definir. Sin inmutarse, me hizo un gesto y se quitó lentamente la camiseta, descubriéndome lo que había debajo, un torso liviano y un sujetador azul con dibujitos de colores. Como respuesta, me alejé de la ventana. Después, del cuarto donde estaba la ventana. Finalmente busqué refugio en el sofá del salón, junto a mi padre. Deseaba volver al sitio donde me esperaba aquella muchacha, plantarle cara y ver que ocurría, aguantar hasta el final. Pero no lo hice.

Aquella noche tomé la decisión de dejar de espiar a la chica del tercero. En el siguiente capítulo del cómic, Super-Enmascarado ya no tendría novia. Lobo Solitario seguiría derrotando a las fuerzas oscuras que acechaban Magnamund y, tarde o temprano, llegaría al máximo nivel dentro de la Orden del Kai. El mundo permanecería como hasta aquel momento, con las chicas con sus camisetas puestas, sin hacerme ni el más mínimo caso.

Ni que decir tiene que mi propósito sirvió de poco. Esa Sofía fue la primera de una larga lista de Sofías, el comienzo de una nueva vida donde Super-Enmascarado ya no resultaba tan interesante. Después de aquella experiencia, mi orden infantil y asexuado se transformó en un caos inquietante, complejo y ambiguo. Empecé a ver a las compañeras de clase como algo más que rivales de patio, y a sufrir por ellas. De hecho pasó mucho tiempo hasta que otra chica me hizo un gesto parecido al de la vecina del tercero y se quitó su camiseta. Pero esa es otra historia bien distinta.

LÁPICES DE COLORES
por Leopoldo Elvira


Miro tus dientes manchados de azul, unos fragmentos minerales húmedos adheridos al blanco esmalte de leche, encías y labios teñidos de un azul desvaído, regueros de azul diluyéndose en saliva. Otras veces fueron otros tintes en la misma sonrisa fría, impropia en una niña de tres años, sonrisa dedicada al padre que se inclina asombrado hacia el marfil y los ojos vacíos de su hija.
Cartón desmenuzado de una caja de colores Alpino, otra más, tan deprisa desaparecen o se gastan los lapiceros. El cervatillo que despreocupado salta entre las montañas, ajeno a la presencia de ocultos predadores, en un mundo estático y perfecto, hecho pedazos.
Otras veces las astillas por la alfombra, enredadas en el algodón entrelazado, entre los dibujos que ingenuos y felices decoran la infancia, astillas esmaltadas como restos de una batalla o una masacre de lápices de colores.
La miro y parece regalarme el sabor amargo de la mina y la madera, el sabor metálico como escoceduras en la lengua del sacapuntas, el olor fibroso de las virutas ribeteadas de color, pequeños abanicos desplegados sobre la mesa.
Quizás deba preocuparme, tan obstinada en sacar los tornillos del afila-lápiz con la punta sin punta de un cuchillo, desmontar las cuchillas niqueladas, en esconderlas bajo su almohada esperando a no se que ratoncito negro y a sus trueques, y, mientras procuro no distanciarme, en la mano sostengo y paso las páginas, crujientes hojas de un cuaderno de tapas floreadas, y dejo que ante mí desfilen, sé que debería asustarme, inquietarme al menos, los dibujos de colores que se repiten, en todas el mismo dibujo con leves variaciones, como esas pesadillas, sueños reiterados donde siempre la misma figura desolada, sin manos al final de los brazos con ojos vacíos en la cara, sola, en un paisaje de montaña, espera la visita del lobo.

LA GORDA DE LOS MELOCOTONES
por María López

Amaneció fresca aquella mañana de julio; estaba tomando un café en el umbral de la casa cuando el leve crujir de la gravilla del camino anunció la llegada de alguien. Y no pude evitar que mis pensamientos se dirigiesen nostálgicos hacia los niños. En otro tiempo hubieran sido los niños…
Los mejores recuerdos de mi infancia se agazapan bajo el sol del estío y las viejas acequias, en cada rincón de la finca “Los Palos”; y me asaltan de cuando en cuando sin previo aviso. Una gran explanada de cemento comunica las dos casas, el pozo, el jardín, y la piscina; siempre andábamos por ahí descalzos como pequeños salvajes, con la piel cuarteada, la planta de los pies como suelas de esparto y los ojos enrojecidos por el cloro. A mi pobre abuela se la llevaban los demonios, ya había criado a siete hijos y ahora a su edad, se veía a cargo de siete nietos. Al menos logró persuadirnos para que nos calzásemos cuando saliéramos a jugar al camino, enredásemos en la nave con los aperos agrícolas medio oxidados o nos adentrásemos en lo que para nosotros era la jungla de los melocotoneros.
Una calurosa noche, de esas en que las langostas llueven del cielo, estábamos dentro de la casa jugando a las cartas cuando a eso así de las dos de la mañana los perros comenzaron a ladrar rabiosamente, alertando enseguida a mi abuelo, que en menos que canta un gallo se puso las botas y echó mano de la escopeta de perdigones, mientras mi abuela le increpaba desde el dormitorio, pero a dónde vas Leocadio, llévate al menos a Julio Mari, dios sabe qué clase de gente viene a estas horas, pero Leo, y los gritos de mi abuela se perdían engullidos por la noche, era noche cerrada, y nosotros nos metimos los siete en la cama con ella, todas las puertas y ventanas cerradas a cal y canto, igualito que cuando las violentas tormentas de verano bajan de Sierra Carija arrasando todo a su paso, dejando la marca del rayo al ladito del pozo, ya eran dos los que habían caído en el campo, hasta que al fin llegó mi abuelo con Robín, el mejor perro guardián del mundo, sanos y salvos los dos, y nos contó cabreado todo lo que había ocurrido, que si les había pillado en plena faena, que si eran la familia esa de La Puebla que luego vendía la mercancía robada en el mercadillo de los martes, que si creía haber dado un buen susto a la Rosa, matriarca de aquel clan de “desgraciaos”, gorda como ella sola…
Poco a poco los ánimos se fueron calmando y nos fuimos todos a la cama, aunque inevitablemente aquel incidente marcó un extraño punto de no retorno para los niños, pues sin saberlo, aquella noche tomó forma nuestro Hombre del Saco. Y los mayores bien que supieron aprovecharse de ello. Desde aquel día, cada vez que nos poníamos borricos sin querer irnos a dormir, y los perros ladraban inquietos por algún gato o cualquier otro bicho, la abuela salía de la casa con su particular toque de queda: ¡Que viene la Gorda, la Gorda de los Melocotones!...

MATANZA
por Agustín Lozano

Una vez al año, cada invierno, me despierta el arcaico bramido del sacrificio, entre asustado e ilusionado intento seguir durmiendo hasta oír un nuevo grito ahora humano, mi madre o tal vez mi abuela llamando al niño, afuera en el corralón la noche es todavía cerrada y fría pero cálida de gente, del trasiego tranquilo de los pueblos, el cuchillo desgarra el cuello y da paso a los estertores y no puedo mirar, la sangre recogida en un baño fundiéndose con el barro, Tierra de Barros, el olor de la piel quemada del guarro se confunde con las sardinas al fuego en la cocina, ya amanece y las migas están listas en un gran perol, es el mejor momento del día porque acaba los sufrimientos y anuncia una jornada repleta de juegos, visitas, comilonas, me gusta sentirme útil, ayudo donde me dejan, la muerte es tan sólo una brizna, un mal recuerdo mecido por el entusiasmo de la celebración.

Un pequeño apartamento, una habitación, un ordenador de sobremesa, un teclado. Una ciudad convertida en suburbio de otra mucho mayor. Una nevera llena de carne envuelta en plástico. Una imagen lejana me devuelve al cemento gastado del corralón, ahora silencioso, soportando los pasos cansados de dos ancianos, sin rastro de la sangre, del bullicio de los vecinos, de la vida alrededor y a través de un niño. La infancia es tan sólo un asidero, un buen recuerdo que apenas evita el naufragio.

MIS MAGDALENAS
por José Luis Muñoz


“Mis enemigos atribuyeron la locura a la bebida,
en vez de atribuir la bebida a la locura.”
Poe


Mi infancia fue una vidriera rota de la Virgen de los Remedios en lo más alto de una iglesia, el viento que entraba por el cristal para poner delante de mis ojos de seis años el verdadero significado de la muerte, fue también un colchón de plumas, mullido y caliente, que me hacía soñar con ataúdes y con letras, con cementerios y con minerales, y era el beso de mi abuela, esa seguridad momentánea antes de la larga noche de invierno, cuando en el pueblo todo es silencio y en el campo todo es miedo, era aquel arroyo, mi Rubicón, dos metros de agua que tras la lluvia bajaban feroces y cuyo paso me produjo tanto el placer de cruzarlo como una semana de fiebre, también una extraña tormenta que alteró el ritmo esperado del tiempo y cubrió con una noche prematura aquella tarde de septiembre, fue el partido de fútbol interrumpido por la noticia del aplastamiento de Tío Antonio por el tractor que le daba de comer, como también era una bicicleta roja que nunca pinchaba, un nido de víboras debajo de una piedra en las tardes de mayo, la atracción ahora compañera de los pozos sin agua, la habitación y el silencio de los insomnios, el ruido virtual de los camellos en la noche de Reyes, el paso cansado de mi abuelo pasillo arriba pasillo abajo, el pan caliente en la noche de la panadería, los primeros enemigos, los últimos amigos, un conjunto de nombres de perro para constituir el perro ideal, Nuca, Yaco, Bilbo, Ron, fue mi infancia un hecho que en el tiempo ya aparece sin sentido, y es también ahora lo que me ha convencido de que la memoria es sólo un instrumento de Dios para hacernos creer que estamos en el infierno.
OLORES, SABORES Y OTRAS IMPERTINENCIAS...
por Sara Sánchez

La seguridad de saber que tu mundo es un círculo interminable de promesas aún no cumplidas, de universos aún por descubrir, de realidades aún simples, de colores aún del arco iris, de compañeros de juegos que nunca fallan, de ingenuidades absolutas, irrefutables, irreductibles, de gigantes que parecen dioses y que no paran de hablar en una lengua que, teñida por la decepción, el desencanto, el paso del tiempo, suena a aquella de los perdedores, de los que jamás volverán a la burbuja llena de mariposas en la que todo es verdad a la vez que una fortaleza inexpugnable... el olor de quien te querrá siempre, de quien nunca te hará daño, de quien no dejará que te vayas del paraíso de sus besos, abrazos y olores; olores a vainilla y a dulce, dulce como los sueños que despiertan la necesidad de volver a ser de ese otro pequeño mundo que desapareció sin saber por qué.

CINE GENERAL
por César Vicente

Mis zapatos nuevos resuenan suavemente en mi memoria como por calles empedradas, se mueven dentro de una foto desgastada por las puntas hecha con cámara Voightlander, a la luz imperfecta y fascinante de los siete años. Al doblar la esquina asoman las letras altas artdecó del Cine General, espesándose tras la niebla. Llego tarde. Me veo avanzar deprisa, con las monedas bien apretadas en el puño dentro del bolsillo. Tras la taquilla ribeteada con bombillas humedecidas emerge una mano mágica que me extiende una entrada de diez pesetas.
- Venga, que ya empezó.
Entonces traspaso el vestíbulo, oloroso a pipas y butaca vieja, allí donde cuelga una lámpara de araña polvorienta y el tupé de Kirk Douglas languidece en un cartel que se funde con el crema de las paredes, y vislumbro entre los cortinones de terciopelo granate al Hombre de la manta* que rasca una cerilla en su espuela de plata y enciende un purito con ojos de saberlo todo de antemano, distinguiendo a lo lejos el polvo que levanta la chusma de mejicanos sin afeitar que lo persigue, ajenos a lo que les espera, los pendejos, y, no sabiendo aún si adentrarme en la sala o subir al gallinero, decido esto último, atropellado, encendidas las mejillas, sintiendo el galope de los caballos bajo los escalones y oyendo tiros que suenan como truenos de juguete dentro de una lata y dejan manchas de sangre muy roja en la ropa, buscando luego un sitio en las duras gradas de cemento, entre rostros embelesados donde tiemblan sombras azules, y oyendo de fondo el sonido del metraje en el proyector, hasta que alguien me tranquiliza,
- Todavía no ha muerto nadie.

* Clint Eastwood. En mi pueblo se le conocía como el Hombre de la manta.

jueves, febrero 23, 2006

EL HONOR

UNA (MORTAL) CUESTIÓN DE CÁNONES
por Julio Abelenda

La escena es un cuadro naturalista con algunos toques anacrónicos. Sobre la mañana recién estrenada, con el sol en línea ascendente, se recorta una mansión del siglo XVIII, enclavada en un paisaje de un verde ya olvidado. Sin embargo, un tiralíneas ha trazado en el cielo una estela blanca; el vuelo Washington-Vancouver sale con retraso, y su rastro no tardará en ser seguido por otras tantas salvas lanzadas hacia mil puntos del mapa, acribillando el azul hoy límpido y radiante.
Pero es lo que sucede abajo, en la tierra, lo que nos debe ocupar. Frente a la mansión intacta, de piedra lustrosa no mancillada por el tiempo, dos hombres muy distintos se dan la espalda. Uno la tiene arqueada y rígida, y gruesos goterones de sudor se le despeñan por ese tobogán resbaladizo, manchándole la camisa blanca y fina que ha sacado, como el resto de su atuendo, del ropero de los siglos. El otro, más enjuto, aprovecha su menor estatura para apoyar contra su rival todo su peso, que se reduce al de un esqueleto rácano que apenas consigue sostenerle el jersey sobre los hombros e impedir que los vaqueros se le deslicen hasta los pies. Un tercer hombre está situado junto a ellos, de frente a la escena, musitando lo que parecen ser las últimas instrucciones del duelo que se avecina mientras pasea la mirada de uno a otro contendiente. Lo curioso del caso es que, según mire a izquierda o a derecha, semejará un noble caballero de Versalles de porte adusto y solemne o un reverendo alcoholizado de Wyoming tartamudeando sus bendiciones a cinco pavos la plegaria. Cosas de la refracción de la luz, quizá, en este raro escenario que huele a lo que huele el tiempo mismo.
Un parpadeo, y los duelistas han echado a andar. Quien encara el umbrío camino de la izquierda arranca con brusquedad, como si fuera un juguete belicoso al que sólo unos dedos invisibles impedían marchar hacia la batalla. Quien se adentra en el camino de tierra de la derecha lo hace en cambio con una calma rayana en la indiferencia, las manos en los bolsillos y los pies pateando piedrecillas. Los aviones silban sobre su cabeza acompañando su marcha cansina, mientras, a su espalda, su rival va siendo tragado por la espesura poblada de ojos y rumores; salteadores y bandidos esperan como hienas para rapiñar los restos del duelo.
Otro parpadeo, y ya se ha cubierto el macabro trayecto; a los veinticinco pasos exactos, uno de los contendientes se gira en un movimiento lleno de gracia y mortífero donaire, que lo deja encarado a... la espalda de un hombre que sigue caminando con aire desaliñado, haciendo frecuentes incursiones al borde del sendero para arrancar una florecilla silvestre, la cara girada hacia los rayos de un sol que comienza a ser benéfico. Sólo cinco o seis pasos después algo parece enturbiarle la placidez y se detiene de golpe, como si recordara alguna obligación molesta que tiene que cumplir. Estirando sus miembros en un movimiento lánguido, que a su rival le recuerda demasiado a un bostezo, se da la vuelta al fin.
Los duelistas quedan así enfrentados, y sólo entonces nos preguntamos por sus armas, a primera vista invisibles. La respuesta llega cuando el contrincante de la izquierda –llamémosle, aun a esta avanzada altura de la historia, Jacques- se lleva la mano al bolsillo interior de su chaleco y extrae de él un cuaderno de tapas de piel, con un delicado labrado de oro en sus bordes y un cierre metálico que abre con torpe nerviosismo, ante la mirada aburrida de su oponente. Después, saca de otro bolsillo una pluma de ganso y un tintero y, en un complicado equilibrismo, consigue mojar la punta de la pluma en tinta, sostener el libro abierto sin derramar el tintero y, finalmente, congestionado y sudoroso por el esfuerzo, rompe a escribir.
Al otro lado de la escena, el otro hombre –Henry, quizá, o mejor aún, Hank- se rasca la cabeza, se chupa el pulgar derecho y lo expone al aire con gesto reflexivo. Cabecea asintiendo, en apariencia satisfecho con el resultado, y saca al fin del bolsillo trasero de sus jeans una libreta grasienta que no cuesta imaginar en manos de la camarera de cualquier bar de autopista. Pasa las primeras páginas con parsimonia, recreándose con gestos diversos en lo que sea que hay escrito en ellas, y, al llegar a una página en blanco, se tantea los bolsillos hasta extraer de uno de ellos un bolígrafo BIC gastado a medias y con el capuchón concienzudamente mordisqueado. Y, él también, comienza a garrapatear en su cuaderno.
Lo que sigue es el duelo más inverosímil que hayan visto los siglos: dos hombres frente a frente, escribiendo y observándose, como si estuvieran haciendo un retrato el uno del otro; sólo que esta vez las pinceladas son palabras, palabras mortales disparadas como balas. Jacques escribe denodadamente, llenando líneas y líneas de letra florida, mientras mira a su oponente con fiereza como si quisiera reducirlo a la misma tinta con que trata de apresarlo en el papel. Hank por su parte zanganea con su bolígrafo sin decidirse a entrar a matar, haciendo garabatos ociosos en los márgenes de la página. Al cabo se le ilumina la mirada y levanta la cabeza en un gesto característico, como si la idea que estaba esperando le hubiera golpeado en la frente; y empuñando el bolígrafo de manera distinta, y tras una simple ojeada a su rival (esforzado, frenético, jadeante) escribe desmañadamente tres o cuatro palabras. Al instante, Jacques cae fulminado.
Si hubiéramos vuelto a parpadear no lo habríamos visto. Su cuerpo se abate suavemente, como a cámara lenta, sobre un lecho de hojas secas que lo reciben alborozadas. Algo en la espesura pierde entonces definición, quizá el verde ya no es tan verde, y entre los matorrales se extiende una plegaria respetuosa que antecede, en el código de honor de los bandidos, a la rapiña por venir. El cadáver, como suelen hacer los cadáveres, no se mueve más. Ni para decir “amén”.
El hombre que queda en pie mira todo esto con algo que sólo muy generosamente se podría definir como tristeza. Después vuelve la mirada hacia su libreta, que sostiene con aprensión como la pistola aún humeante con que se ha cometido un asesinato. Por unos instantes sus ojos reflejan incredulidad, mientras repasan una y otra vez las escasas palabras recién escritas. Después, tras un mudo encogimiento de hombros, se guarda la libreta sin molestarse en cerrarla, de vuelta en el bolsillo trasero de los raídos jeans. Y, con el mismo aire cansino e indiferente de la ida, comienza a desandar el sendero de tierra.
Cuando llega de nuevo frente a la mansión no se detiene, sino que sigue camino hacia el lindero del bosque donde, siglos más allá, le espera el cuerpo inanimado –y aún inviolado- de su contrincante. Al penetrar en la verde espesura su figura enjuta y desarrapada es como una anomalía, una errata en la escritura del mundo, una violación en el orden natural de las cosas. El hecho no parece importarle lo más mínimo. Se llega al fin a la altura del cadáver, que mueve con un pie en un gesto desprovisto de animadversión, con el único y clínico interés de comprobar si realmente está muerto. Si no lo está lo aparenta muy bien, decide satisfecho. Y, agachándose, recoge el elegante cuaderno donde su rival trataba de encontrar, sólo instantes antes, las palabras exactas que pudieran aniquilarlo.
Agazapados sobre sus hombros, lo leemos con él. En un francés suavemente arcaico, y con una letra cursiva de trazo amplio y profusa decoración, asistimos a una completa descripción del lugar, la mansión con su lustre imperial, el bosque profundo y rumoroso, el sendero de tierra surcado por las huellas de los carromatos que se dirigen a la ciudad cercana. El autor también ha tratado de capturar el brillo esplendoroso de la mañana recién iniciada, con sus promesas de un día resplandeciente sobre la plaza del mercado abarrotada de gente ruidosa y festejante. Más acá, el texto incluye unas breves consideraciones pseudocientíficas sobre la reflexión de la luz entre el ramaje de los bosques norteños, y aun unos apuntes sucintos acerca de la flora y la fauna de dichas frondas. El comentario político tampoco escapa a la sagacidad de estas notas, con unas líneas muy críticas contra la bárbara costumbre del duelo y a favor de su necesaria abolición en nombre de los sagrados preceptos revolucionarios.
Sólo al final, unas palabras escasas parecen tener por objeto la descripción del extraño y desagradable individuo que, con irritante tranquilidad, se limita a observarlo cincuenta pasos más allá. Los epítetos no son amables, y el aludido tuerce el gesto al leerlos; luego piensa que quien yace sobre las hojas no es él, y de repente se siente menos ofendido. Una frase inconclusa que culmina en un rayón muestra el momento en que la muerte le sobrevino a su autor, dejando a medias el inventario, entre jactancioso y despectivo, de la indumentaria de su rival…
Causa del óbito: prolijidad. Evidentemente, no se trata del pistolero más rápido a este lado de los siglos. Poco queda por añadir, pero la curiosidad nos lleva a buscar con la mirada las palabras que lo han sentenciado al descanso eterno. Para ello, oportunamente, la libreta donde se expiden certificados de defunción sobresale lo suficiente del bolsillo en el que la guardó su dueño, abierta por la página adecuada que mira, además, no hacia el trasero escuálido que apenas le sirve de precario soporte, sino hacia la mañana radiante desde donde se escriben estas líneas. Casi como si su autor quisiera que la leyéramos.
Allí, entre manchas de grasa de insalubres desayunos de fast food, y con una letra pequeña e irregular, están escritas las siguientes y solitarias palabras:
“Le dije: muere. Y él murió”.
Nada más. Para qué. Las palabras han cumplido su cometido, poderosas y rotundas. La situación queda implícita, puro contexto que cada lector reconstruirá a voluntad en su mente. La libertad de imaginar lo no escrito, precepto sagrado de la literatura del siglo XX, se mantiene incorrupta. Si Carver o Cheever levantaran la cabeza, se sentirían orgullosos.
Quien así se ha expresado (mortalmente) echa a andar hacia la ciudad, de vuelta a su siglo. Si se da prisa quizá llegue a ver la segunda mitad del partido de los Redskins en la tele. A su espalda, un cadáver es despiadadamente despojado de todo cuanto posee, salvo de su honor.
Fundido en negro.

LA ÚLTIMA BATALLA
por Fco. Javier Ayuso


“Estos indios no están bautizados, por lo tanto no tienen alma. Entonces al matarlos, estamos honrando a Dios”
G.A. Custer


Existe un lugar que sólo yo conozco. Un lugar en el que los árboles se alzan a lo lejos, con sus brazos inclinándose hacia un sol anaranjado que se oculta entre las colinas; donde un hilo de agua serpentea a lo largo de la ladera.
La seca tierra acumulada en la cima del macizo se desprende, recogiendo a su paso las minúsculas piedrecitas que van a parar al fondo de valle en forma de garganta.
El bosque rojizo se despliega a ambos lados del camino por donde discurre el río, cuyas aguas reflejan los tonos del astro que brilla con luz cansada y agonizante. La corriente fluye tranquila, girando a veces sobre sí misma en remolinos de espuma que se disuelven precipitadamente, como si tuvieran miedo a ser descubiertos.
La brisa corre con fuerza, presurosa, susurrándome al oído el nombre de mis antepasados, el de la diosa Maka. El espíritu del águila me transporta de nuevo a la realidad.
Gritan mi nombre, mientras una bala sibilante pasa por detrás de mí, todo es confusión. Un hombre de mirada gris y perdida que agoniza a mi lado me pide ayuda, segundos después su cuerpo yace inerte.
Los cascos de un caballo al galope me anuncian que alguien se acerca por mi espalda, me giro y disparo, mi rifle Winchester 44 escupe los proyectiles y un soldado cae a plomo sobre el costado del animal.
Están cercados, el círculo cada vez se hace más estrecho y pronto se romperá, sus hombres no podrán resistir mucho más.
Cierro los ojos evocando ese paisaje que tanto he perseguido, imágenes difusas de niños y mujeres descalzos se entrecruzan por todas partes y por ninguna a la vez.
Mi sueño ha acabado y sé que este día será recordado sin honor como el día en que los indios cheyennes ganamos nuestra única batalla a Custer Cabellos largos.
Little Big Horn, 25 de Junio de 1876.

EXTRAÑO INCIDENTE EN MOLINETA PLACE
por Leopoldo Elvira


Extracto recopilado de un diario de provincias.

Como recordaran nuestros avisados lectores, en la mañana de niebla del 25 de enero apareció el cuerpo sin vida del ciudadano M.F., natural de B., de 41 años de edad, tendido en la arena húmeda junto a los columpios y el tobogán de Molineta Place, presentando un fuerte traumatismo craneal que el forense determinó como probable causa de su muerte. Junto al cadáver, un libro ensangrentado.
Este periódico, tras un exhaustivo trabajo de investigación, ha podido recomponer los hechos que resultaron en la tragedia de Molineta Place. Las pesquisas se vieron dificultadas por la naturaleza de los testigos, frecuentadores de una tertulia local, que, a las preguntas del periodista, contestaron con diversos tropos y licencias poéticas o se empeñaban en describir sus inconclusas y ya incomprendidas obras literarias.
Al parecer, el desdichado incidente se fraguó durante una de tales tertulias y a raíz de un encendido debate que enfrentó al finado y al presunto homicida, R.N. de 35 años de edad y natural de I. Según los testigos presenciales, la discusión, iniciada dentro de los límites convencionales de la crítica literaria, derivó hacia un tenso debate fatalmente alimentado por repetidas rondas de cerveza y una tan inmoderada como absurda pasión por las letras.
Reproducimos algunas frases de la encendida polémica, a la turbia luz del testimonio de los testigos. Juzguen ustedes mismos la gravedad de las acusaciones:

- M.F.: "...Virginia Woolf fracasó completamente al representar sin la suficiente pericia literaria el flujo de conciencia y el devenir de la memoria, sin embargo el maestro Marcel Proust..."
R.N.: "...la abigarrada prosa de Proust nunca pudo desprenderse del pensamiento burgués del XIX, lamentable artificio aristocrático..."
M.F.: "...para burguesa la señorita Woolf, en el fondo una damita de educación victoriana y perrito faldero, que no supo..."
[Algo mas tarde]
M.F.: "Los libros de Woolf provocaban ataques de narcolepsia al grupo de Bloomsbury, y se sabe que Joyce utilizaba Las Olas como remedio contra su pertinaz insomnio..."
R.N.: " Pues a ver quien aguantaba al lamentable bujarrón enfermizo de Marcelo..."

En ese momento el ardiente lector de Proust, en un arrebato de digna cólera, desparramó sin mucha puntería el contenido de un platito de pipas de calabaza sobre el rostro felino de R.N.
"No quedaba si no batirse", - aseguró tristemente un informador que ha preferido mantenerse en el anonimato.
La madrugada del 25 de enero se dieron cita los duelistas envueltos por la niebla de Molineta Place, en presencia de dos contertulios que actuaron de padrinos y que portaban las armas en sendas bolsas de la extinguida librería La Bohemia. Tenían el frío y una firme resolución marcados en sus rostros. Nunca la humildad ni la cobardía han sido virtud que adorne a intelectuales y literatos, señalaría un testigo.
Situados a diez pasos y a una señal convenida, los duelistas comenzaron a lanzarse libros encuadernados en duro cartoné.
M.F. falló su primer y apresurado lanzamiento, una gruesa edición de "Por el camino de Swan" que pasó aleteando junto a la oreja de su oponente.
R.N. optó por volúmenes de menor calibre pero igualmente letales: "Las olas" golpearon en un hombro a su oponente sin provocarle lesiones graves pero si un intenso dolor en el brazo que portaba el arma. El libro perdió las tapas en el lance.
El segundo y dolorido lanzamiento de M.F., "A la sombra de las muchachas en flor," cayó sin fuerza a los pies de su crecido rival, que, al grito de "¡¡se pronuncia viryinia bulf !!, propinó en lanzamiento parabólico un golpe definitivo a M.F. con el canto de "La señora Dalloway" entre los ojos.
El cuerpo sin vida del desdichado tertuliano fue respetuosamente velado por su amigo Q.M., que manifestó solemne a este periódico:
"Fue una cuestión de honor".

PERRA HONRA
por Ángel Inoriza


Salgo de casa como todos los días. Con aire despreocupado abro la puerta de acceso a la calle para que los primeros fríos de la mañana rompan sobre mi piel acostumbrada al calor del hogar. Me gusta el contraste. El aire viciado de la calefacción interior contra el aroma fresco de la ciudad que despierta.

Un amasijo de ropa usada, mantas sobre cartones y una cola peluda asoman a pocos metros de mi portal. Tomo aire y en lugar de frescor, un olor acre a sudor, orines y putrefacción. El olor impregna como una esfera todo lo que rodea el bulto forrado de cartón. La saliva se atasca en la garganta sin poderla tragar, densa, dulzona. La sensación se desplaza lenta hacia el estómago.

Me acerco al epicentro de la nausea y levanto con la punta de los dedos la tela. Una figura humana con greñas pegajosas me mira desde dentro.

- No me queme, por favor, replican sus buenos días.

Del interior del amasijo de ropa se oye un gruñido sordo. Es un perro. Todos los pobres llevan un perro. Es su forma de sentirse un poco humanos. Cada perro reconoce a su pobre entre cientos, no le molesta su olor. Se alimenta de él. Estimula su instinto animal. Aprovecha las sobras que le saben muy bien.

Un segundo me basta para imaginar la historia. El desamor, la bebida, el infortunio, la enfermedad, la soledad, la injusticia, la incomprensión, el aislamiento, el inconformismo, la desazón…

Pasan los años y la vida reparte sus cartas. He dejado mi hogar con calefacción, sus sábanas olor a manzana y la despensa repleta de víveres. Camino harapienta por la ciudad y despido un olor a perro muerto. No me afecta, me acostumbré a él. Pero la gente encoge la nariz a mi paso, mascullan para sus adentros y los niños tiran mierda seca de perro a mi paso y me llaman “la Pordiosera”.

Yo arrastro mis andrajos sin dignidad y las heces de perro solo manchan sus delicadas manos de niños bien. No encuentran blanco sobre mi decrépita inmundicia. Veo la vida detrás de mi capa de mugre. Ellos esconden la honra bajo sus abrigos de pura lana virgen, inmaculada. Su desprecio no me afecta, ni el mal olor. Me acostumbré a él. También pasé un día la noche en una cama caliente y la conciencia dormida. También hubo un traje de comunión para mí, blanco, reluciente, con un lazo en el pelo a juego con mis zapatos de charol.

El can la seguía a todas partes, a pocos metros de distancia, sin importarle el olor.

LA DIMENSIÓN DEL HONOR
por Ángel Inoriza


Anacleto Rodriguez presumía en tascas y tabernas de cómo tres palomos fornidos cabrían posados en su entrepierna acalorada. No había ser más fatuo en toda la campiña. Sin embargo, ningún hombre, y los había de pelo en pecho, osaba comparar sus atributos con semejante fenómeno de la naturaleza.

Al parecer, su fama había saltado a raíz de sus encuentros amorosos con La Clueca, una furcia del barrio del Plantinar que tenía la lengua tan floja como el elástico de sus bragas. La Clueca, sobrenombre que le venía heredado de su madre, también más ramera que las gallinas de Guinea, había probado su asunto hasta quedar harta para reventar. Era tan poco el decoro que gastaba y la ausencia de tacto, que en sus sucesivos encuentros con el negocio de la carne, no dudaba en abochornar a sus clientes con los atractivos de Anacleto Rodriguez.

Anacleto le pusieron por su abuelo, un garrulo de los de tomo y lomo, con más que buenas defensas pero sin llegar a las dimensiones de su nieto. Pero cuanto menos vale un hombre más problemas da. Y su nietecito dábalos y muchos a cuenta de batirse con el primero que le bailara los aires. A la más mínima ocasión amenazaba con sacar el armamento sobre la mesa y compararlo con el de cualquier adversario. Como si la diferencia de tamaño inclinara el peso de los exiguos argumentos en su favor.

No había nadie en el pueblo que le enmendara la plana, no sin pasar por la vergüenza de ser tildado de cobarde al rehusar sus envites, o lo que sería peor, reducido su tamaño más aún de lo real, al verse comparado con semejante portento.

Pero hasta a los seres más simples de la creación les llega la llamada del amor. Se llamaba María de las Cuevas, era una muchacha decente, virtud que poco se puede mantener, aseada y algo tímida, hecho que al sin par Anacleto le encendió la llama del querer. Le ponía ojos de degüello a la paisana y le andaba a la saga como la abeja a la flor en primavera. María de las Cuevas poco sabía de los hombres y de sus tamaños, pero tuvo rápido adiestramiento por las comadres del pueblo. Ya puedes llevar aguja e hilo a la cama, ese antes de hacerte mujer te destroza, la animaban.

La cosa fue cuajando, como la leche hace yogur y llegó el día de la boda. Una tremenda expectación se desparramó por la comarca. Nadie quería perderse el acontecimiento pero más atentos a la noche de bodas que a la ceremonia. El banquete estuvo plagado de sórdidas advertencias al novio, macabros pronósticos para la novia y lujuriosas insinuaciones para ambos. Corrió el vino y la tarde dio paso a la intimidad de los amantes en su lecho.

Anacleto, poco acostumbrado a la bebida, hombre de campo y de cabras, lucí su grandioso porte exultante. Parecía un gran visir contemplando su harén. La otra, escondida en el fondo de la cueva bajo las sábanas. Pero lo que tenía que llegar venía con retraso. Imaginó con pasión Anacleto su rebaño de cabras, eso nunca había fallado. Ahora sí que empezó a preocuparse de verdad. Desnudó a la virgen para contemplar su felpudo vital y sus cántaros de miel, pero nada. Comenzó Anacleto a pasear de un lado a otro de la habitación como tigre enjaulado. Abajo se oían gritos de ánimo y piedad para la novia. La plaza adonde asomaba su balcón se había ido llenado de curiosos. No estaba preparado para una frustración así. Bajo la balconada se presentía la tragedia.

De pronto, una única solución al problema fue escupida por su pequeño cerebro. Se dirigió a la cocina, extendió su don sobre la tabla del jamón y de un tajo asestó un mortal desmembramiento sobre la raíz del problema. Casi se desmaya de dolor. Entremetió unas servilletas bajo el pantalón para tapar la hemorragia y cogió con dos manos su virtud como quien sujeta una boa constrictor, separando bien las manos para no ser mordido y se dirigió al balcón. Con voz temblorosa, aguantando las lágrimas, gritó a los presentes: “Antes que matar a mi esposa, esperaré que me crezca otra”. Y la tiró al pavimento manchando el suelo con un reguero de sangre.

Un ooohhh sordo se oyó desde la cama donde permanecía incrédula María de las Cuevas, que seguiría pura hasta que le creciera la honra de nuevo.

LEÓN
por María López


Eran las cuatro en punto de la tarde cuando cruzamos el puente sobre el embalse. Las ventanillas bajadas, los cuarenta y dos grados a la sombra bailando con recochineo entre las notas que el maestro Ravi Shankar extraía de su sitar. Mudos y somnolientos rayos de sol se alzaban venenosos como cobras ante el canto de las chicharras.
Aparcamos en una de las pistas y preparamos los aparejos. Campomayor en Agosto es el Sherengueti; las pocas criaturas que lo pueblan, conejos, culebras y peces, tampoco se dejan ver demasiado, excepto si se trata de carpas. Entre los reflejos dorados y verdosos atisbamos un banco de crías de Black-Bass. No se les podía atrapar con el regüello ni con la red, eran demasiado pequeños, así que cogimos un cubo y nos hicimos con unos diez ejemplares. Queríamos criarlos en la pecera de casa, a modo de experimento, para devolverlos a su medio natural una vez hubiesen aumentado de tamaño.
De vuelta a casa (dejaré para otro día la historia de cuando una piedra nos rajó el cárter y nos quedamos tirados en medio de aquel desierto), íbamos pensando qué tipo de alimentación les daríamos, si larvas de mosca o papelillos de colores como a los otros peces. No tardamos en descubrir que para ellos era una cuestión irrelevante, así que decidimos dejarlos a su suerte, pues en poco más de tres meses habían acabado con los que teníamos ya allí. Nunca vimos cadáver alguno en todo ese tiempo. El agua se había corrompido hasta tal punto que apenas distinguíamos a sus moradores. Entre bromas dije que mejor esperar a la noche, a ver si brillaban en la oscuridad.
Sólo quedó un ejemplar, superviviente nato y por las trágicas circunstancias de su muerte, legendario, al que llamamos “León”. Digno representante de su especie, había logrado subsistir en unas condiciones más que lamentables. Desde aquel día nos mereció todos nuestros respetos.
Cuando nos mudamos a la nueva casa trasladamos a León a otra pecera más grande, en la que le hicimos convivir con una piraña. Queríamos así acrecentar el mito. Haciendo gala de gran honor y gallardía, con frecuencia mordisqueaba sin ningún miramiento a su temible oponente, recortándole las aletas. Pero su pequeña compañera callaba y comía, haciendo caso omiso a tales ataques, y poco a poco iba creciendo.
Una mañana al ir a darles de comer el horror se apoderó de mí. El cuerpo de León giraba inerte sobre sí mismo, carcomidito todo el lomo hasta la espina dorsal, atrapado en un absurdo bucle de la corriente.
Pobre León. Qué muerte más deshonrosa la suya. Él, general de toda especie
susceptible de vivir en acuarios, merecedor de funerales de estado. Miré con repugnancia a la piraña. Cobarde. Le abordaste a traición. Nunca más mi mano te proporcionará el sustento.

NINGUNA DERROTA: 2006
por Agustín Lozano

“Cuando el llanto se lo permitió, dijo:
-Soy de los vuestros.”
Alberto Méndez. Los girasoles ciegos.


El escritor comprometido avanzó con paso firme entre las trincheras. Sorteando los cuerpos inertes de un filósofo y su escolta, se perfiló sobre la oscuridad, rota a ráfagas, que separaba a sus tropas del enemigo. Se detuvo un instante, apenas lo suficiente para llenar los pulmones del intenso olor a pólvora que convertía aquella hondonada en una marmita de sangre crepitante. Dio un primer paso que le situaba ya del todo expuesto a las balas. Una mano le sujetó el tobillo izquierdo. Era su camarada el poeta orientalista, que le miraba con ojos incrédulos, conminándole a permanecer agazapado. Se zafó de su presa y miró al frente.

El novelista superventas dirigía con presteza el batallón a su mando, formado enteramente por mercenarios. Eran tipos rudos, resentidos, que incluso habían escrito para él. A su derecha, el narrador hedonista se regocijaba en la escena mientras tomaba notas apresuradamente. Hasta que un silencio cargado de ruina le obligó a levantar la cabeza y ver cómo su superior, de improviso, levantaba la mano en señal de alto el fuego. Un gesto que debía de imitar el correspondiente del otro lado, pues la quietud, en efecto, se había apoderado del campo de batalla.

El escritor comprometido se encontraba muy cerca de las líneas rebeldes. Sólo quiero parlamentar, gritó una y otra vez hasta que su voz fue el único sonido audible sobre la cosecha de cadáveres. El novelista superventas juró en tres lenguas antes de escupir el cigarro y salir a su encuentro. Estoy cansado, dijo el primero, detengamos esta masacre. En honor a la verdad, dijo el segundo, iba a proponerte lo mismo. Recogieron las fichas, derrumbadas sobre las casillas hexagonales, y doblaron el tablero metódicamente. Afuera caía la tarde y el viento condensaba un deseo de café. Era jueves.

EL EPITAFIO DEL GENERAL KASHIMEMATO
por José Luis Muñoz

La tenacidad de un tonto es inquebrantable.
Elias Canetti, “Las Voces de Marrakesh”

El general Kashimemato contemplaba la batalla desde la colina. Miraba al oeste al caer la tarde, por lo cual había de protegerse los ojos con las manos en sus tupidas cejas. Doce horas de lucha, diez mil cadáveres en la llanura, resultado incierto. Había pasado sin moverse, sin desviar siquiera la mirada, desde las cuatro y media. Dos horas. Con los pies separados y la mano derecha en su espada reglamentaria, inmóvil en su armadura, con el mismísimo rostro de los cangrejos heike.

Cuando el sol rozó las montañas, se produjo un cambio. Del sur se levantaba una polvareda inmensa que barruntaba un ejército. El general bajó la mano y miró a su ayuda de campo, que permanecía a su lado aún más estático que él.

- Capitán Toigey, lo han conseguido. Son estandartes azules.
- Aún no señor, no estamos vencidos, nos queda la reserva.
- ¡Ja!, mira la reserva, están corriendo.

Pero en dirección contraria, marchaban al norte, sus estandartes rojos perdidos en el barro, huían en busca de los pantanos y la salvación. El ejército que provenía del sur se acercaba a las primeras líneas. El general Kashimemato no pudo más. Se dio media vuelta de la manera más marcial y se introdujo en su tienda. Tomó un último vaso de sake y extrajo de entre sus ropas el wakizashi ritual, mientras se arrodillaba en la alfombra. Quizá tuvieran la culpa la rabia y el deshonor, pero no introdujo la hoja en su estómago con la parsimonia que rige el ritual del harakiri. Pero la introdujo. Observó el goteo de su sangre empapar la alfombra mientras los ojos se iban vidriando. El capitán Toigey entró precipitadamente en la tienda.

- ¡Señor, Señor, no son ellos, son los nuestros!... Son banderas de color púrpura, era sólo una añagaza… ¿Señor? ¡Señor!

El general Kashimemato observó con una sonrisa bobalicona los ojos asustados, casi europeos, del capitán. Y dictó para la posteridad su famoso epitafio:

-¡Manda huevos!

CAPITULACIÓN
por César Vicente


El comandante dejó el periódico en su regazo y esperó a que el peluquero le ajustara la sábana blanca al cuello. Luego dijo:
- Mi mujer… lo dejamos.
El peluquero se detuvo, con las tijeras en alto. Se miraron, congelados dentro del espejo.
-Tiene un lío.
- Un lío –repitió el peluquero cobrando movilidad.
- No es una aventura. Es algo más serio. Desde hace un año, más o menos.
- ¿Está seguro?
- Completamente.
- ¿Por qué? Quiero decir, ¿cómo lo sabe?
- Estas cosas acaban por saberse.
El peluquero enderezó la cabeza del comandante con dos dedos. Lo miró por encima de la coronilla.
- Sí, acaban por saberse –repitió haciendo chistar las tijeras.
- Se citan por la mañana, y creo que lo hacen en cualquier sitio, preferentemente en el parque, detrás de la caseta de los patos –dijo el comandante mirando al suelo. Luego levantó la cabeza y sus ojos se encontraron de nuevo- ¿Y sabes otra cosa?
El peluquero dijo que no.
- Que se la ve feliz -hizo una pausa. Pronunció la siguiente frase en tono resignado, con la vista perdida en un punto lejanísimo:- Quiere dejarme pero no se atreve.
El peluquero se detuvo y quiso decir algo. Entró alguien. Desapareció por una puerta del fondo y apareció de nuevo abotonándose una bata blanca. El comandante se miró las manos.
- ¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos, Benito?
- Irá para diez años.
- Diez años –murmuró el comandante.
Quedaron callados. El peluquero terminó su trabajo con la pulcritud habitual. El comandante se levantó, puso un billete en la tarima de mármol jaspeado y se dirigió a la puerta.
- Le deseo lo mejor. A los dos -dijo, y salió a la calle-. Adiós, Benito, hasta siempre.
- Hasta siempre, comandante.